25 octubre 2014




Autóctona y silvestre, a la vez accesible e intrincada, justo al centro de Cuba, la provincia de Sancti Spíritus posee todo aquello que la mayoría de los viajeros suele esperar para sus cortas o extendidas vacaciones y sobre todo un contacto con la naturaleza íntimo y sabio. La pesca en dos costas, en ríos únicos por su amplio cauce y vitalidad ambiental, y en embalses con historia deportiva es, sobre todo, una oportunidad de expandirse para los que quieren mostrar las habilidades de un buen lanzador de señuelos, sea a spinning, casting o flyfishing.
La ciudad que da nombre al territorio es una de las villas originales de la Isla y ha cumplido su primer medio milenio en junio de este 2014. De su gente puede decirse bastante en respecto a su urbanidad, sentido de pertenencia y laboriosidad. Si quisiera uno referirse a su cultura, diría que el centro histórico de Sancti Spíritus posee el reconocimiento de  Monumento Nacional, en cuyo perímetro conservan hermoso patrimonio entre los que este reportero quedó prendado del Puente sobre el río Yayabo, símbolo de la urbe, la Iglesia Parroquial Mayor y la vistosa Biblioteca Municipal.
Mucha manifestación de arte y riqueza edificada quedarían en reserva para nuevas visitas, porque el tiempo de viaje es limitado y las aguas espirituanas halan al aficionado desde todos los puntos cardinales. Aunque solo se haría en él estancia durante las cenas y la corta noche para reponer fuerzas entre pesquerías y recorridos, no es poco agradecer que la provincia cuente con hospedajes como el hotel Zaza, Los Laureles y San José del Lago, ubicados virtualmente en medio de jardines naturales, con cada una de las comodidades esenciales que el huésped requiere.

Los dos ríos
A las cinco de la mañana el servicio matutino gentilmente programado por la carpeta levanta al pescador. Media hora después está citado con el guía, que espera con la lancha a remolque del jeep. El primer destino es el río Agabama, pero el trayecto a lo largo de la carretera a la ciudad de Trinidad es toda una experiencia. Antes que llegue el amanecer, cientos de trabajadores de campo están abordando sus transportes para atender los cultivos de ajo y cebolla en la rica zona de Banao. Pasan Caracusey, Banao, La Guira y a las siete de la mañana se llega amaneciendo a los predios del antiguo central azucarero FNTA, o lo que queda de él, dos torres y el esqueleto metálico oxidado a la vista del río.
Este río recorre 118 kilómetros desde su nacimiento en la Sierra

Alta de Agabama, a poco menos de 500 metros de altura, hasta desembocar al Mar Caribe en un delta próximo a Punta Manatí.  Sus orillas son altas y de espeso arbolado, aunque en algunos sectores se aprecia que la corriente arrastra parte del suelo, dejado la orilla desnuda a veces con más de un metro de talud vertical. En la proximidad del punto de embarque viven algunos pobladores a lo largo del río, los que se trasladan por la vía fluvial en botes rústicos, pero más adelante solo la vida silvestre manda a ambos lados del cauce, flanqueado por cenagales más allá de la cortina arbolada de la orilla.
Desde el patio de una casa particular se hace descender la lancha al río por una carrilera de railes metálicos. La lancha, una vieja “Halcón” conservada con esmero,  posee tres cómodos asientos y dos  motores Yamaha, uno de 40 caballos para el trayecto y otro de 5 caballos para pescar. En la penumbra de la hora, una red que corta el río y la sombra de un bote en la rivera más distante revelan el furtivismo que acecha este importante cauce. La embarcación deja atrás un coposo algarrobo que sobre la orilla está a esa hora pespunteado de garzas blancas que cada noche se recogen en sus ramas; macizos monumentales de caña brava, una variedad local de bambú, se observan en algunos puntos. Desde el embarcadero en FNTA hasta la boca del Agabama hay unos 20 km de cauce sinuoso, en cuyo trayecto el río presenta una notable amplitud, que rebasa el centenar de metros en algunos puntos.
Cuando las dos orillas van cubiertas de manglar, se siente el influjo del llenante de marea, es hora de sacar los avíos. Ramón Freire Negrín, El Primo, guía de pesca desde 1978, levanta la hélice del motor mayor y echa a andar el de cinco caballos para recorrer suavemente los pesqueros. Los ríos espirituanos suelen dar robalos, cuberas, jureles, incluso pargos más cerca de la desembocadura, pero la presa preferida por todos es el atlético sábalo, elusivo y persistente peleador. Cuando pica, aplica tanta fuerza que puede quebrar líneas o hasta la misma caña si el pescador desprevenido no ha calculado la resistencia del avío. Debe resistírsele lo más posible la arrancada, porque las intrincadas raíces de los mangles están ahí para salvarle, lo mismo que los obstáculos del fondo, algún canalizo desconocido. Y salta fuera del agua, con un fenomenal espectáculo que refleja toda la luz

del día ya pleno en sus escamas espejeantes. Luego de arrimado al bote el pez, hay que liberarlo para conservar la diversidad de esta área.
A media mañana la lancha sale al Caribe entre dos puntas de mangle. Una planicie resplandeciente, con restos de árboles arrastrados por antiguas correntadas que sirven de percha a garzas y corúas, y cayos distantes a uno y otro lado. Lanzando al spinning y a la mosca se sueña con la picada de un jurel, una jiguagua o cojinúa, o al menos de una barracuda que se lleve el señuelo. De retorno al cauce, bordeando otra vez el litoral de mangle, es una cubera la que cobra el rapala del guía, cortando la línea, y casi de inmediato una segunda sale a la luz y es devuelta al agua.
Ya transcurre la tarde cuando se vuelve a la rampa de atraque en FNTA. Espera con el jeep listo Reinaldo Monserga Hernández, El Chino, que toma de nuevo a su cargo la lancha en tierra para el trayecto de retorno de más de medio centenar de kilómetros.  La noche que sigue pasa velozmente y otra vez antes del amanecer de vuelta al vehículo, con la compañía de Rodobaldo Hernández Acosta, director de la filial de la agencia ECOTUR en la región central del país.
Rodobaldo posee un título en Ingeniería Química alcanzado en la antigua Unión Soviética, pero la reducción de la industria azucarera en el país le decidió a cambiar de profesión. Unas pocas horas con este espirituano natural, y su interlocutor queda convencido de que el turismo ha ganado un profesional de perfil sumamente extendido. Cada sitio de interés de la ciudad, cada monumento, cada área protegida, cada lugar de pesca, son explicados por este experto guía y verdadero pescador deportivo.
La segunda jornada requiere de un trayecto más corto hasta el río que toca pescar. El nuevo camino pasa por los poblados rurales de Guasimal y Tayabacoa para acceder al Zaza por un estrecho camino que permite al jeep depositar la lancha directamente en el cauce. El sitio exacto donde se hace la operación tiene el nombre de La Barca de Vallejo, donde existía una patana que el ya inactivo central Natividad (Siete de Noviembre) mantenía en servicio para permitir el cruce de los carros cargados de caña destinada a sus molinos, facilidad que era asimismo aprovechada por toda persona o vehículo que quisiera cruzar el ancho río; hoy el humano usa algún bote rústico y los caballos cruzan a nado.
El Zaza baja desde las Alturas de Santa Clara y recorre 155 kilómetros hasta desembocar al este de Punta Ladrillo, sobre la costa sur de la provincia, dejando parte de su caudal en el embalse de su mismo nombre. Se le considera el segundo río en importancia en el país, después del Cauto, con una cuenta de 2 394 km2 de extensión. Su tramo final, a lo largo de unos 20 kilómetros, es notablemente ancho e influenciado por las mareas, lo que determina la picada regular de varias especies de depredadores apreciadas por el pescador aficionado. A pesar del volumen de aguas retenidas en el embalse, que harían sus aguas algo más salobres que las del Agabama, el caudal del Zaza es abundante, limpio y constante.
Se navega primero río arriba unos pocos kilómetros, a la caza de peces que hayan remontado el cauce más allá del embarcadero. Por la superficie pasa un grupo de pequeños sábalos, sobre los cuales ha de trabajarse un rato con los avíos, por si se decidieran a picar. Entonces se torna a descender para hacer una nueva parada en un sitio que identifican como “La curva del algarrobo”, por un árbol de esta especie que sombrea el cauce con sus amplias ramas; ahí los pescadores se empeñan en sus lances,  
porque alguna aleta se ha dejado ver, mientras el patrón guía a remo la embarcación para guardar la mejor distancia.
Río abajo, enfrentando el flujo del llenante de marea, se llega a un tramo donde el mangle es alto, el río abarca todo su ancho y en algunos recodos saltan abundantes lisas de talla sobresaliente, lástima que no pique este pez. Mediada la mañana se llega a Balizones, donde se harán muchos lances tentando a los depredadores que se dedican a perturbar las manchas de lizas. Hasta este punto llegan el jurel y la jiguagua y aparecen los sabaletes que jueguen con las moscas y los rápalas.
Después de algunas picadas y corridas, se busca resguardo del sol en un breve claro entre los mangles para almorzar a bordo. Las ramas bajas a todo lo largo de la cortina litoral del manglar estarán metidas en el agua por el tope de la marea alta y hacia las aberturas sombreadas y la boca de los canalizos lanzan los pescadores, tratando de sorprender un robalo al acecho. Alguno se decide por el curricán, que levantará algún pez que hasta entonces no se ha dejado ver, y en este plan se va llegando a la altura del  refugio de fauna Tunas de Zaza, donde se protegen flamencos y tortugas, y llevan a cabo un proyecto para restituir la cobertura litoral de mangle en sitios donde la vegetación ha disminuido. Es el momento de desembarcar.

Una parada en Zaza: hotel y embalse
Anocheciendo se pasará de retorno por Sancti Spíritus, pues habrá que pernoctar cerca de la costa norte de la provincia. Como las lanchas tienen su resguardo en el hotel Zaza, junto al embalse del mismo nombre, hay que aprovechar y hacer una visita a este sitio, uno de los enclaves esenciales del país para la pesca turística de la lobina negra boquigrande, o trucha, como fue bautizado en el país este centrárquido importado de Norteamérica en 1927.
El hotel Zaza dista 360 kilómetros de la ciudad de La Habana, pero se halla a solo 10 de la de Sancti Spíritus. Fue construido justo a orillas del embalse del que toma su nombre con el objetivo de servir de sede a las actividades cinegéticas y de pesca de toda esa región. Tuvo una época de auge, desde finales de los años 70 hasta que el siglo XX fue concluido, y hoy día sus directivos, personal y la cadena Islazul se enfocan a recobrar esa orientación por el turismo de naturaleza en sus diversas variantes. 
Alberto Castillo Pérez, que dirige el hotel, enumera los diversos problemas a los que han estado dando solución para dar a la instalación su pasada prestancia. De 128 habitaciones, en el “Zaza” habían renovado 62 hasta el día de la visita de este redactor y llevaban a cabo la remodelación de un conjunto de ellas para transformarlas en minisuites. De solo una lancha que llegaron a tener en servicio, ya cuentan con cuatro y otros tres cascos y dos botes para incrementar la flota. La intencionalidad de reanudar al mayor nivel el producto de pesca no es casual: en sus inicios, Zaza fue sede de uno de los torneos entre cubanos y norteamericanos que sucedieron a un primer evento de este tipo celebrado en Laguna del Tesoro en 1978, y en 1995 acogió asimismo uno de los eventos organizados por la revista española Solo Pesca y una entidad cubana ya desaparecida. Sin duda alguna, con la nutrida afición local, el nivel educacional y el potencial científico asociado al cuidado de la naturaleza espirituana, no andarán escasos de candidatos para formar los futuros guías y especialistas de pesca turística.
Reportes de prensa de la primera mitad de la década del 1980 señalaban que en sus primeros años de pesquerías turísticas en el embalse Zaza capturaron 1 600 truchas de más de 10 libras, se logró una pieza récord de 15 libras y media y el pescador deportivo lograba una media de 50 picadas por jornada. La recuperación de tales niveles de población de peces y calidad de tallas es hoy día labor que requiere respaldo científico y un marco legal apropiado, para el establecimiento de épocas de veda, tallas mínima, cuota de captura y la contención del furtivismo, aparte de establecer responsabilidades compartidas con otros usufructuarios del cuerpo de agua.
Actualizándonos en relación con el potencial de captura, se habla de robalos que promedian 10 libras y llegan hasta 30 libras; cuberas que pueden pasar de 50 libras. Se ha cogido alguna cherna de 30 libras. El sábalo de 30 a 50 libras, pudiera ser que alguno llegara con más de 100 libras. Se logra hasta 20 picadas en la sesión de pesca, pero lo normal es de 8 a 10 picadas. Se pesca el jurel, la jiguagua, la cojinúa, es decir, el grupo de los jureles o jacks, de hasta 20 libras. Podría haber macabí en las aguas inmediatas a los cayos meridionales, lo que completaría un producto de pesca muy consistente.

Con un embalse de tales dimensiones y la posibilidad de incorporar a las operaciones de pesca a otros que ya estuvieron en la oferta del pasado ―Lebrije y La Felicidad, entre otras― dos ríos excelentes y la ampliación de operaciones en el área marítima  inmediata a la costa meridional espirituana, sin olvidar que asimismo opera una marina en la ciudad de Trinidad, sería difícil no entender las potencialidades del enclave. Al menos la combinación de la hotelera Islazul y la experiencia en pesca turística de la agencia ECOTUR parece una carta con posibilidades de triunfo en esta apuesta en que el recurso natural es el principal protagonista y, sin duda, uno de los beneficiarios de un enfoque bien concebido. Constituido un Club de Pesca con el hotel como sede, los vínculos con asociaciones similares serían una estrategia segura y directa para la atracción de pescadores sin depender pasivamente de turoperadores foráneos.
Hay que despedirse de los amigos del hotel. Languidece la tarde y hay que terminar atravesar casi costa a costa una provincia. Hay que pasar por Los Laureles a recoger el equipaje y despedirnos, pues esta noche dormimos en el motel San José del Lago. Enrumbamos al norte, pasando por Jarahueca, hacia Yaguajay. A unos 16 km adelante de esta ciudad está San José del Lago, que tiene en efecto unas lagunas, cuatro flamencos, mucho arbolado y una tranquilidad que solo recesa alguna noche de la semana en torno al bar. La habitación es cómoda, con aire acondicionado y agua templada para bañarse. En el restaurante cocinan bien. Dormimos temprano, mañana es día de mar.

Caguanes
Tras dos días laboriosos, hay que asumir un tercero todavía más. Madrugar sigue siendo la norma, de modo que el café lo tomamos frente a casa del patrón, en Yaguajay, a la luz del portal. En Playa Vitoria todavía era demasiado oscuro para una foto inicial, y el cielo norteño estaba encapotado no de balde. Cuando la luz de un sol medio escurridizo deja ver la superficie grisácea del mar abordamos el Rayo con sus tripulantes, Guacho y Rodobaldo. Esta será una excursión a los cayos del Parque Nacional Caguanes.
El Rayo es un “chalán”, de construcción típica de Tunas de Zaza. Tiene 6 metros de eslora y menos de un metro de manga en su
punto más ancho; al espejo de popa le ha de faltar algún centímetro para cubrir el medio metro. Tiene fondo plano y un pequeño motor, una plantita italiana que pistonea con empecinamiento y mueve el casco azul y blanco con agilidad. Algo tiene esta nave que hace confortable el viaje hasta los cayos visibles en lontananza desde tierra.
El parque abarca una extensión de 20 488 hectáreas, más de la mitad marítimas, en tanto las terrestres incluyen la península de Caguanes, una extensión inmediata de humedales y numerosos cayos a la vista de tierra, un singular atractivo. Cayo Caguanes mide 114 hectáreas de extensión y la mitad de las 70 cuevas del área protegida. Hay una docena de formaciones vegetales, con 24 especies endémicas, y 225 especies faunísticas, con destacada presencia de aves y murciélagos. La huella de los habitantes indocubanos es otro de los valores del Parque, con 37 sitios arqueológicos y un total de 27 pinturas murales.
Cada cayo es como un promontorio de pura piedra caliza, amarillo rojiza, sobre el cual la vegetación bulle en un muestrario de especies y géneros formidable: hay su mangle rojo y prieto, el almácigo elegante, la uva caleta, y manigua de todo tipo. Alguno posee agua, mucha caverna, una a nivel de la orilla es como un refugio que invita, otra es un puente. Recalamos bajo llovizna al reparo de Ají Chico. Después de estar un rato ahí, todo el mundo haciendo lances con artificial a spinning, salvo uno a mosca, nos movemos a Cayo Ají Grande aprovechando un escampado.
En un extremo de Ají Grande, donde una punta concluye y torna hacia un playazo bajo, se recesa un rato para que el Guacho bucee en busca de carnada. Volvió al rato con cinco “bichos de esponja”, unos gusanos poliquetos negros que desentierra de la arena del fondo, metiendo un dedo en el orificio descubierto en el sedimento y continuando al tacto hasta dar con el animalucho. Este libera un licor amarillo que mancha los dedos y huele a yodo. Ahí, como en casi toda parada, hay que soportar otra banda de aguacero, guareciéndose bajo una manta de polietileno, antes de seguir adelante.
Cayo Fábrica es paseado lentamente a lo largo de la orilla, dando palanca el patrón para que los pescadores ensayen sus tiros con las cañas. Para llegar ahí hubo que atravesar un brazo de mar más ancho y rizado por la marejada mediana que levantan las franjas borrascosas, pero el Rayo corta alegremente el oleaje. La costa de este cayo es una larga cola de mangle bajo, que sigue al promontorio de rigor, a cuyas lagunas interiores se aventura el bote. Hay mucha ave en el mangle, sobre todo garzas rojas y las grandes marbellas. Apenas pica el pez hoy, que es luna llena; solo se han visto agujones y alguna cubereta, y los de una embarcación cercana han cogido tres guaguanchos. Pero tirar y cobrar la línea, perseguir cada disturbio de la superficie con el ojo atento, respirar el aire que riza esas aguas, todo transmite vida.
Después de amainar un rato largo en lo que llaman el recalo del Puente de Fábrica, una formación cársica de la que solo queda el techo cubierto de vegetación como una jardinera colosal, El Rayo cruza hacia Cayo Salina, con su árbol erguido en el extremo de mar abierto, como un orgulloso estandarte solitario. En la boca de un canalizo nos refugia el patrón, con lo cual nos quita el impacto directo de uno o dos aguaceros y nos pone finos cordeles en las manos para pescar en el agua cristalina. Salen a cubierta los cinco bichos esponja, que el patrón secciona en estrechos redondelitos de carne prieta; se inserta uno en el anzuelo, se lanza con corto impulso al canalizo y comenzamos a acopiar roncos medianos, hasta que hay suficientes para el almuerzo. Ya limpios, se encienden los carbones del fogón, se echa aceite en una negra cazuela de campaña y una tanda tras otra se fríe hasta colmar el apetito.
Se va el día completo. Noche será ya cuando el Rayo se amarre al muelle. No haber visto Sancti Spíritus durante toda una vida resulta al cabo una bendición, porque han ido los ojos y una porción intangible del ser de un asombro a otro. Al fin queda algún sitio divino y gentes que se esmeran a cuidarlo. Es suerte.

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