22 julio 2016

UN DESCENDIENTE FILIPINO EN REGLA, BAHÍA DE LA HABANA
© Ismael León Almeida, 2016.
 a Raisa Fornaguera de la Peña
y al Museo Eduardo Gómez Luaces”

El método de pescar agujas con cordeles, a mano limpia, fue llevado a La Habana por pescadores procedentes de Manila, en una fecha imprecisa del siglo XIX, quién sabe si antes. Lo dijo Ernest Hemingway en su estudio “Marlin off Cuba”, en 1935, y ahí dejó el asunto. No volvió a referirse a los filipinos, aunque el Premio Nobel de 1954 y el Pulitzer que ganó el año anterior le deben todo al conocimiento que adquirió en la isla antillana acerca de aquella forma de agujear en la corriente del Golfo.
Un cubano que por la misma fecha se interesaba en el estudio de la pesca comercial, había publicado, un lustro antes que el escritor norteamericano, que el método de pesca mencionado era propio del país y no tenía noticias de que se aplicara en ninguna otra parte. Entonces el lector creyó que Hemingway, reportero de medios de alto estándar en inglés, había caído en la trampa de un dato exótico y se había aprovechado de él para hacer muy atractivo el comienzo de su texto, más apreciado hoy día por científicos que por exégetas literarios. Fue desconcertante que Federico Gómez de la Maza, justo en 1936, cambiara su opinión, dándole la razón al novelista, pero sin hacer mención de él ni de su escrito, aparecido como capítulo segundo del libro American big game fishing.
Lo que no hicieron Hemingway ni Gómez de la Maza fue aportar la mínima prueba de su argumento. Uno y otro ensayaron un cierto amago descriptivo de las embarcaciones que habrían usado los manilos ― el término es vernáculo y de uso bastante antiguo. Lo recoge Esteban Pichardo, en su Diccionario provincial de voces cubanas, cuya primera edición vio la luz en Matanzas en el año 1846―, y el segundo dejó correr un elusivo atisbo de fuentes testimoniales en su información. El dato nos sale al paso durante la revisión del libro El torneo cubano de Ernest Hemingway, terminado en 2012 y ahora mismo en manos de su tercer editor ―el primero lo halló “bien escrito y bien narrado”, pero no tenía recursos para hacerlo imprimir; el segundo, “lo pondría en el plan editorial”―. Al llegar al trigésimo quinto párrafo del capítulo inaugural del manuscrito, siente el autor cuestionada una antigua convicción acerca del origen de las pesquerías de agujas en la costa noroccidental cubana. ¿Tenían aquellos razón? La indagación, que se supuso corrección de un par de párrafos, colmó un cuaderno impreso de más de 260 páginas, razón por la cual requirió de un título ― ¿Pescadores filipinos en La Habana? (Respondiendo a Hemingway), ahora en una editorial― y sus respuestas iniciales fueron reportadas en junio de 2015 durante el XV Coloquio Internacional Hemingway. Fuentes históricas absolutamente válidas muestran la existencia de una pequeña comunidad filipina asentada en el pueblo de Regla durante el siglo XIX, la mayoría de cuyos integrantes se desempeñaba en oficios relativos al mar: marineros unos, operarios de un taller de velas navales los otros; varios estaban casados, todos poseían nombres hispanos y la mayoría recibió tratamiento social de Don o Doña. Una nueva interrogante reclamaba entonces solución.

Sábado 3 de julio de 2016 y el que ahora escribe caminaba desde una calle inmediata al río Martín Pérez, acercándose a la orilla oriental de la ensenada de Guasabacoa. Bajo un sol feroz de las dos de la tarde se hallaba el Emboque de Regla, centro de la bahía de La Habana. El muelle de las lanchas de pasajeros encogía su estructura, como si no quisiera molestar el paisaje de aguas; levanta su torre la Iglesia Parroquial Nuestra Señora de Regla, sobria y prestigiosa, y resistiendo la ruina está la interesante construcción del más viejo embarcadero. A pasos sosegados, pasos curiosos que llevan inventario de las placas callejeras, se avanza de retorno, haciendo las veces de viajero que ha desembarcado, penetrando el viejo casco urbano, hacia lo que fue antiguo barrio chino del pueblo.
Regla es una península cuyo extremo más fino apunta como un índice autoritario al largo pasadizo del canal de entrada a la rada, diciendo por siglos quién se involucró primero en los asuntos marítimos en la Havana primigenia, que allí en su orgullosa orilla se levanta para deslumbrar a la gente asomada a la borda de los cruceros y a los curtidos pasajeros a jornal de los tanqueros y portacontenedores que de tanto en tanto aún arriban. Época hubo en que era Regla sitio primero de desembarque, como espigón natural que su geografía muestra, y cuántas veces el curso propio de la existencia dictó para algunos de paso que su puerto final estaba en este sitio. Asombra cuanto viajero distante fue enterrado en esta tierra tan impregnada de salitre: en los libros de “Defunciones de Blancos” de la Parroquia de Regla, que se inician en el año de 1805 observamos algunos asientos de inhumaciones de fallecidos procedentes de la costa norteamericana, de la Florida a Boston, y asimismo de Nueva Orleans a Campeche  y Yucatán, en el litoral del golfo de México. 
Los referidos documentos, que meritarían un detallado estudio, constituyen por lo pronto una valiosa evidencia del  nutrido tráfico internacional de la rada, más aún, el notable asentamiento en el litoral de la bahía de La Habana de personas procedentes de prácticamente cada rincón del planeta, una parte de los cuales, naturalmente, eran marinos de embarcaciones surtas en ese puerto. Si abundaban los residentes de una amplia gama de localidades españolas ― Canarias, Mallorca, Málaga, Andalucía, Barcelona o Valencia―, también recalaron y terminaron sus días  allí, otros europeos ― franceses, italianos de Sicilia o Génova, irlandeses y hasta un viajero en tránsito, natural de San Petersburgo, Rusia.
Dejando atrás la luminosa plazuela del templo, con sus calles de piedra, sus vendedores de velas y solicitantes de limosnas para sus santos, tierra adentro otra vez, la vieja calle Real es ahora Martí como en cada villa de la república. Es la gran vía urbana del antiguo pueblo colonial, el más cosmopolita del archipiélago; ancho pavimento para el tráfico que desciende al emboque, para retornar por la calle Maceo. Aceras de granito pulido en algunos tramos, comercios del estado y negocios particulares de los últimos años se abren al paso del público. Más arriba está el parque Guaicanamar, el edificio del Ayuntamiento, el cine, lo que resta del viejo y prestigioso Liceo, donde el patriota José Martí habló.
Hay que abandonar la calle importante doblando a la derecha en la de 27 de Noviembre, porque el barrio que se busca comienza allí, en la antigua Borrero del siglo XIX, con sus dos carriles de hierro empolvados en medio del estrecho paso entre las casas. Corto trayecto es, acabado como por sorpresa en un baldío que colinda con las naves y las grúas de la terminal portuaria.
La de Aranguren viene desde el centro urbano con fachadas pintadas y asciende más allá del límite de la anterior hasta un alto donde crece una ceiba, el árbol tutelar cubano, entre cuyas potentes raíces colocan exvotos los creyentes y el caminante se resguarda a la sombra pacífica de la copa. “Es la Loma de los Cocos”, dice un transeúnte, confirmando la vieja identidad de la calle misma: Cocos. Entre las fachadas de mampostería de varias épocas y estilos, alguna de maderas derruidas cuentan de un tiempo más distante, sin estilo, visiblemente levantadas sobre el nivel de la acera hasta necesitar varios escalones para acceder a la puerta, como si al trazar la calle hubieran rebajado el terreno, o la gente situara la vivienda a cierta altura cauta, porque el mar alguna vez estuvo más cerca.
Comparten el mismo muro dos puertas que cuentan dos historias arquitectónicas separadas por más de un siglo. La una es de hierro, funcional y encristalada, hija de la contemporánea necesidad de seguridad, de una fingida prosperidad y de un real  encarecimiento de la madera y la obra de carpintería; la otra de deslavada madera y sencillas molduras, venerable en su escueto resto de pardo esmaltado. Encima de ambas, el número presente de la vivienda, 315, y más arriba, resistiendo el óxido a que obliga el salitre soplado por los nortes, un 89. Asiáticos empadronados en 1881 vivían en esta calle y en las inmediatas.
Calle arriba se ascenderá hasta lo más alto de la colina, que un poblador dice que en alguna ocasión fue rebajada ― ¿cuándo?, ¿para qué?―. Otro comenta que aquella altura fue un “campamento de chinos”; residuos de la memoria que resisten los avatares de la cotidianidad y las imposiciones de la historia. Terminará el ascenso en una plazuela despejada, con un pretil desde el que toda Regla puede verse en su perímetro. Después de 27 de Noviembre y Aranguren, se caminará por Céspedes (Santa Rosa), Agramonte (Buenavista) y se pasarán las esquinas de Fresneda (San Ciprian) y Perdomo (Morales), para salir finalmente por Simpatía, que antes se llamaba de igual forma, a la periférica 10 de Octubre, la antigua Delicias, trayecto de salida hacia Guanabacoa como lo es hoy mismo, que fue bordeada por el caminante hasta frente al cementerio municipal.
Pero no se abandonará tan pronto el pueblo. Subiendo todavía la antigua calle Cocos, otra vieja casa se deja ver dos cuadras arriba, en el 417. Sorprende la altura de la vivienda de una planta, milagrosamente sostenida entre las dos que la escoltan, con un par de pisos cada una bajo el mismo puntal. El estilo de la antigua edificación es completamente similar a la que se ha visto unas cuadras antes, salvo que aquella poseía lucetas sobre puertas y ventanas de la fachada, la segunda dicha aun con sus cristales. La imagen ruinosa de esta otra casa no engaña al que percibe detalles. Es antigua, sí, pero el artesano puso en ella elementos que hoy mismo revelan cuidado y gusto a través del gris entablado que no parece haber recibido jamás el contacto de una brocha embebida. Las tablas que permanecen están unidas a las inmediatas con esa rectitud de forro de buque estimada  por los calafates. En el borde alto desapareció el alero, pero quedan sueltas algunas tejas criollas que dieron en sus años providencial sombra, donde ahora se cubre de la invasión del temporal con viejos encerados. 
 Faltan secciones de tablas y todo un paño de ellas fue sustituido. Muy elevada es la puerta ventana de la izquierda, algo más estrecha que la de la entrada principal, las dos con su jamba en los tres bordes. En el espacio de lo que tal vez fue portón, o lo simuló quien sabe por qué fantasía de constructor, lo que sirve para franquear la entrada es una puerta común, de material  similar al resto de la pared frontera, reducida a las dimensiones que un humano corriente requiere para el paso. Dos hojas tiene la de la izquierda, con una reja de barrotes lisos reforzados con travesaños, y en cada hoja hay la de una ventana para dar luz y mirar a la calle los de adentro.
Con todo el entablado por fachada, por urbana costumbre los nudillos del caminante percuten la puerta, de sonido apagado. Hay respuesta inmediata del morador, que atenderá al visitante aunque es hora ocupada para el que debe ganarse la vida. Todo lo que quiere saber el que está de paso es la antigüedad de la casa, pero va a saber más.

― Fue construida en 1895, aunque los arquitectos de la comunidad siempre dicen que es de 1903. Esa ventana la pusieron en 1935.

El hombre anda con el torso al escaso fresco de la media tarde reverberante, porta espejuelos y manda amable a pasar y sentarse al recién llegado. Algo en el rostro habla.

― ¿Es usted descendiente de chinos?

― De chino no, de filipino.

Entonces todo cobra sentido: la península rodeada por las aguas de la bahía, el paisaje portuario que abajo se divisa, el poblado antiquísimo que de alguna parte saca su carisma, el halo de cultura añeja que le envuelve, pese a los oficios de pobres de sus antiguas gentes, y cierta leyenda de violencia que le circunda para los ajenos. Un destacado etnólogo, cuya obra se cita repetidas veces en el libro resultante, había advertido al autor sobre posibles descendientes de filipinos en Cuba, nombrando a modo de ejemplo a un músico originario de Matanzas. En el mismo sentido, la directora del museo municipal se dispuso también a hacer averiguaciones, pero los antiguos manilos parecían envueltos en la neblina difusa del tiempo, amalgamados en la infinita mixtura humana de este archipiélago. Hasta tocar esta puerta, en esta fachada de tablas audaces, verticales frente a la luz que se refleja desde la ensenada, a los vientos invernales y a quien sabe cuántos huracanes de ruinosa memoria.
El hombre, el anfitrión, parece olvidar su cortés prisa inicial, la obligación que penumbra adentro de la morada le estaría afanando, y dice que su nombre es Pablo Suárez Vega, tiene 68 años, y es un licenciado en Control Económico ya jubilado. La abuela paterna era filipina y se casó aquí con un español  de Oviedo. “Ella llevaba el apellido Félix, pero aquí nos lo corrigieron, dijeron que era Feliz”. Ni el visitante ni su atento interlocutor expresan asombro al compartir el dato: uno de los filipinos aparecidos en el padrón de habitantes de Regla en 1881 es, precisamente, don Antonio Feliz, vivía en esta misma calle, en Cocos número 54 y tenía cuarenta y cinco años en esa fecha. La abuela materna era una mulata hija de mambises, y el abuelo por esa línea, otro español. De siete hermanos, quedan dos hembras y tres varones, uno fuera del país.

―Desciendo de filipinos, pero no hablo “talego”.

Es el tagalo la lengua autóctona filipina hoy día, junto al oficial inglés, y el algo residual español de la época colonial. La deformación del nombre del idioma no es raro para quien está al tanto del misterioso y enriquecedor trayecto de las palabras en la historia de las comunidades humanas; lo raro es que aun de esa manera trastocada persista el recuerdo de la identidad de su habla tras tantas generaciones alejados del distante archipiélago del Pacífico donde tienen sus ancestros. Vaya uno a saber cuántas herencias culturales hayan quedado difusas en la cotidianidad criolla de este otro trópico.
Por lo pronto, su preocupación es la casa, para reparar la cual ha pedido subsidio bancario hace años y se ha demorado en papeleos, pero parece que pronto ya se lo conceden. Al cabo la casa será transformada en otra, asumiendo la modernidad de la albañilería que poco a poco cubre las fachadas reglanas hasta que se hace difícil descubrir alguna antigua huella, ruina milagrosamente apuntalada, de lo que debieron ser las viviendas comunes de la calle Cocos hace más de un  siglo, cuando este era el barrio de los asiáticos en Regla y el mar llegaba ahí mismo, como ha dicho Pablo, señalando el lado de la vía opuesto al de su casa.
LOS PREMIOS
del Concurso de texto informativo y literario
CUBANOS DE PESCA
Ampliar imagen 1.
Ampliar imagen 2.
Ampliar imagen 3.
Ya estamos en medio del verano, tiempo de la corrida del pargo criollo en luna nueva; también de relajación, asuetos y olvido, en medio del calor atemorizante de las medias tardes, que inclinan al cuerpo a la sombra de las uvas caletas y a la compañía de un daiquirí gélido en compañía, sin aditivos carbónicos edulcorantes ni conservantes. Al natural. ¿Quién piensa en escribir entonces?
Algunos piensan: los que quieren enviar a concurso un texto sobre pesca deportiva en Cuba. Al  “Concurso de texto informativo y literario CUBANOS DE PESCA”. Aquí están los premios para dar que pensar. Pensar en lo que podemos hacer con una cuchara Krocodile o esa tilapita articulada; un calamar artificial tan fenomenal como si llevara la tinta incluida ―no la lleva, sí el movimiento―; un skitter Popper y un shad rap (¡ah, segundo lugar!), y el destello de un Yo Zuri y una útil balanza electrónica portátil para registrar nuestros propios récords.
El 31 de octubre de 2016 cerramos con los que se hayan decidido, y en la segunda semana de diciembre estaremos diciendo a quienes pertenecen los premios. Por escribir, sobre pesca deportiva en Cuba.

Un clic sobre cada imagen y ver en detalle los artículos de pesca que premiarán vuestro texto y la mejor de sus fotos. Cada obsequio ha sido pensado para una aventura de pesca diferente... una historia que, quién sabe, luego será escrita, en medio del calor de otro verano, con daiquirí helado y compañía. Solo porque amamos la pesca.

25 abril 2016

¿REMA, QUE AQUÍ NO PICAN?
E
scribir sobre pesca es lo mismo que hablar sobre pesca. Una de las características que nos hacen socialmente notables a los aficionados a este entretenimiento (deporte, método anti-estrés, vía de conocimiento de la vida silvestre, sistema de socialización y mil cosas más) es el gusto de la conversación en torno al tema. Si se trata de convertir en verdaderas leyendas nuestras lidias con el pez, pues muy bien; si de colocar una mágica lente en el entendimiento del interlocutor para que vea la pieza cobrada de mayor tamaño de lo que en realidad fue, pues mucho mejor. Narrar incluye toda la fantasía que quien cuenta sea capaz de poner. También está la verdad, incluso la verdad objetiva en extremo, como cuando se expone mediante cifras  y descripciones absolutamente verídicas y contrastables los resultados de una indagación más investigativa, más en términos de estudio, que en función narrativa. Pero en todo caso, el pescador es un comunicador por naturaleza.
¿Hay misterio en escribir? No. Solo radica en la disposición ―en último caso, la predisposición― a hacerlo. Pero quien cuenta verbalmente podría asimismo ponerlo por escrito si vence la inercia de la rutina, la ― ¿desidia?― que bloquea el pensamiento ordenado que es la forma en que se debería escribir. Pero en esencia la escritura es tan libre como la conversación, y si hay habilidad en el escritor, pues el escrito trasciende los siglos con la frescura de una verdadera conversación. ¿Han oído hablar de la Haliéutica de Oppiano? Es un largo y muy antiguo cuento de pesca. El  arte literario fue en sus lejanas esencias, oral.
¿Por qué alentamos a escribir a los pescadores? Porque la memoria de las cosas, de todos los sucesos de una comunidad, constituyen la base sobre la cual se construye su permanencia y mejoría. La pesca deportivo recreativa cubana, como cualquier otro interés social del país, requiere establecerse sobre una tradición, un conjunto de ideas que surgen de su propio devenir y cuya base objetiva es la relación que se establece a lo largo del tiempo entre el recurso natural y los individuos.
Ninguno de los dos es invariable. El recurso natural ―el agua en sus diferentes cuerpos, los peces en su diversidad, los factores ambientales...― es cambiante en la medida en que los procesos naturales, hoy sumamente complicados por el calentamiento global, es cambiante también en cuanto a la evolución histórica de la influencia humana, con su aprovechamiento y daños. Las personas, el conjunto de la sociedad, evoluciona asimismo en esta relación en una oscilación de enfoques que van desde la creencia de que lo que ofrece la naturaleza es infinito, hasta las lúcidas conciencias de que es necesario cuidar lo que el medio natural ofrece.
Dejar constancia de los hechos y las ideas acerca de la forma en que desarrollamos la pesca deportiva tiene entonces esa importancia: registra una relación de nuestra sociedad concreta, la cubana, aquí y ahora, con el medio acuático específico de este momento. Y de esa constancia surge la posibilidad documental de tomar acciones para mejorar, perfeccionar, la relación con ese medio y también el disfrute de esos bienes.
Pero sucede que, si nos fijamos, las sociedades que avanzan más y alcanzan cotas más importantes de desarrollo, son aquellas que brindan atención a todos los aspectos de su vida, y promueven, socializan y dejan constancia de todo aquello que suele ser interés humano. Y nada en la tierra puede dejar de ser interés humano.
Pocos libros de pesca deportiva tenemos los cubanos. Escasas revistas sobre el tema. La prensa diaria raramente dedica una información a este modesto asunto, por cierto enfocado entre nosotros como un deporte, dentro del mismo apartado administrativo que la pelota, el futbol o el bádminton, cuando hace tiempo que en el mundo esta valiosa actividad de tiempo libre es más un interés de instituciones medioambientales, lo que se entenderá por lo ya dicho en párrafos previos. Habría que decir, asimismo, que su aprovechamiento como actividad turística se enfoca en función de un turismo foráneo, en amplia medida operada por desconocidos turoperadores, cuando sería posible que existiera una oferta comercial para el mercado nacional, para su realidad de poder adquisitivo, que podría ser sumamente satisfactoria si quien la proyectara conociera algo de este entretenimiento que no es solo eso.
Escribir sobre pesca no es ceder de manera fanática a una pasión ―estaría justificado el hacerlo, desde el punto de vista humano―, sino construir la memoria de una parte de la tradición cubana, es decir, un elemento de su cultura. Voy a pedir al lector y colega en los afanes de pesca que me permita una cita. No un alarde de saber, ni de dominar fuentes, ella misma se explicará. Escrito en función de un estudio acerca de la tradición pesquera en una región de España, hallamos el siguiente párrafo:
 “La cultura está constituida por los significados subjetivos (Wuthnow y col. 1988, 36), que los individuos albergan concernientes al mundo en que viven. En este sentido, las actividades ligadas a la pesca fluvial y marina, desde la propia pesca a los aparejos y útiles, las embarcaciones, las actividades de fabricación, los engaños, cebos o redes, las especies que se pescan y las que se consumen, los procesos de subasta (rula) del pescado, la venta ambulante y la venta en pescaderías, generaron una cultura propia con un acervo muy rico de vocabulario y usos lingüísticos característicos, experiencias de vida y procesos de enseñanza-aprendizaje oral” (*).
*Eduardo Dopico Rodríguez (2007): “Cultura y aprendizaje oral en la tradición fluvial y marina asturiana” (http://www.ugr.es/~pwlac/G23_19Eduardo_Dopico_Rodriguez.
html), revisado el 16 de marzo de 2016.
Por alguna razón, nos estamos recordando de que la más antigua obra escrita sobre pesca fue publicada en 1496, solo cuatro años después de llegar Colón a América. Se llamaba The treatysse of fysynge with an angle, o “Tratado acerca de la pesca con caña, de la abadesa inglesa Juliana Berners. Otro clásico es The compleat angler, “El pescador completo”, escrito por Izaak Walton en 1653, del que se ha dicho que ha tenido cuatrocientas ediciones, y del cual han hecho referencias muy elevadas tanto Hemingway como el español Miguel de Unamuno. Éste, después de leer el que calificó de “dulce libro”, decía que ignoraba si la pesca como deporte le gustaría o no, pero en sus paseos por la orilla del río Tormes “gustaba más de los macizos de primaveras, de los asombrosos sauces y de las frescas riberas”.
Referencias muy pasajeras a la pesca recreativa cubana hicieron durante el siglo XIX los notables escritores Cirilo Villaverde y Tranquilino Sandalio de Noda. Durante la primera mitad del siglo XX en la prensa cubana hubo secciones sobre pesca deportiva en la revista Carteles (primero “Yates y Pesca”, luego “Yates, Pesca, Caza y Tiro”, por Federico Lindner y otros, 1938-1954). La revista Fotos, surgida en 1947, se perfiló en la pesca y la náutica alrededor de 1952, y en 1954 existió un programa de televisión, “El Rincón de la caza y la pesca”, que emitía el Canal 4 (Carteles, año 35, no. 25, 20 de junio de 1954). En esta época la pesca recreativa se perfila como un producto turístico, surgen importantes concursos y había en el país varios establecimientos especializados en venta de artículos de pesca, pero solo se publica una mala guía de pesca en 1954 y cuatro años más tarde un libro en inglés  The guide to hunting and fishing in Cuba, por Antonio G. Solar, bastante notable en su momento.
Irónicamente, acerca de la pesca en Cuba se escribió en libros norteamericanos, de una manera amplia y especializada: Hemingway, Farrington y algunos otros lo hicieron. ¿Por qué le dieron ellos más importancia al tema que nosotros? Tal vez nos corresponde dar la respuesta, tal vez no. Lo que sin dudas nos toca es documentar lo que hasta ahora no se ha documentado por nosotros mismos  de este tipo de actividad. En un período que todos los mayores de veinte años conocen bien, muchas revistas dejaron de circular en La Habana y los periódicos salían una vez a la semana. ¿Escribir de pesca? Sí, se escribió sobre pesca deportiva. Todo el tiempo que se pudo se publicó en el boletín RASCACIO, de la Federación Cubana de Pesca Deportiva. Teniendo una reserva de papel y aseguramiento de impresión para varias ediciones (ligeros equipos de stencil, dito u offset fueron los sistemas empleados), llegó una decisión de cancelar esa publicación. A quien la redactaba y dirigía le informaron que había sido así dispuesto por una comisión de “Cultura”, que dispuso que el INDER solo podía tener una publicación.
Poco después, a mediados de los noventa, surge la posibilidad de llevar el tema a algunos medios nuevos. La agencia italiana IPS comenzó a publicar la revista Tourist Press Service; apareció el tabloide belga Cuban Review; se comenzó a editar, por un empresario vasco en asociación con una entidad cubana, la revista Mar Caribe. En todas ellas se aprovechó la experiencia obtenida en las humildes páginas de Rascacio para darle imagen y presencia actuales a la pesca deportiva cubana. Luego vendría Bitácora, la deslumbrante experiencia, que duró diez ediciones.
Nuestra relación con el medio natural necesita un nuevo enfoque, que garantice aprovechar toda la potencialidad de la pesca como motivación de tiempo libre, medio de socialización y estrechamiento de relaciones familiares, herramienta efectiva de educación  ambiental, elemento sustentador de identidad, también, porque de la empatía con el paisaje surgieron las primeras manifestaciones poéticas (Cintio Vitier) y de ese entendimiento se deriva igualmente el sentido de pertenencia, que nos hace afines al lugar de nacimiento, donde jugamos de infancia, fuimos adolescentes... se crean los secretos resortes que nos hacen cubanos, a los que somos de Cuba, sin que la mayoría tengamos que explicárnoslo.
El nuevo enfoque tiene que desterrar la pesca por consumo, que no es dejar de comerse un pargo o una ensarta de tilapia, sino consiste en no llamarle deporte a sacar veinte arrobas de pargo y luego venderlas alegremente. Eso es trabajo de los pescadores que asuman la pesca comercial, pero ellos mismos, si van a hacer deporte en el tiempo libre como cualquiera en el país, ese día usarán avíos deportivos y asumirán reglas deportivas. Y cuando pesquen comercialmente, asumirán normas que deberían existir, para mantener el uso del recurso dentro de los precisos parámetros de lo que los estudios sistemáticos determinan como posible ¿Por qué? Porque cuidar los recursos no es una mera meta romántica, sino el modo de conservarlos para todos los que vienen luego. Y también porque esclarecer la relación entre nuestros actos y nuestra interpretación de esos actos en el discurso social  ha de pasar por un espacio de entendimiento que se llama ética.
¿Todo esto tiene que ver con escribir, Ismael? A alcanzar consenso contribuye en mayor medida lo escrito, por su existencia documental, verificable y asimismo contrastable con su contexto histórico, legal, cultural, sirviendo de fuente a la comunicación hablada, difusora de ideas. Escribir es también conservar la memoria. Y en eso no hay temas menores. Cuando en alguna conversación aparece un tema álgido, complicado o considerado peligroso, alguien suele decir: “Hablemos de pesca” (o “Rema, que aquí no pican”, que es un equivalente más extendido). Bien, esperemos a ver qué expresión se  inventa en el futuro si, atendiendo la seriedad de la pesca como interés de la gente del país, algunos temas requieren ser tratados. Algunos preguntarán: ¿Cuáles temas? Pero otros comenzarán a escribir, sin tener que preguntarle a nadie.

(Ismael León Almeida. La Coronela, 21 de abril de 2016)
Top Fishing      Websites at TopFishingSites.Com