28 mayo 2015

NOS ESTAMOS VIENDO EN EL 15º COLOQUIO HEMINGWAY

Cumplen los aniversarios noventa y ochenta de su publicación los cuentos de In our time y de Las verdes colinas de África, y es tiempo de encontrarse para los estudiosos de Ernest Hemingway, que estarán en el Hotel Palacio O’Farrill de la vieja Habana entre el 18 y el 21 de junio.
Se rendirá homenaje a René Villarreal, a quien llaman “el hijo cubano de Hemingway”, uno de los muchachos de la barriada de San Francisco de Paula que frecuentaba la casa del escritor y trabajó en ella, en el punto más elevado de cuya colina está la Finca Vigía y su arboleda de mangos.
Además de 28 ponencias a debate en cuatro sesiones de trabajo, la agenda del encuentro incluye un atractivo programa de visitas a sitios de la capital cubana enlazados a la memoria del escritor norteamericano, un personaje singular de la ciudad litoral en los años treinta del pasado siglo.
El bar restaurante Floridita, donde Hemingway pasaba largos asuetos ante un daiquirí doble sin azúcar, observando a los personajes de sus futuras novelas. La Bodequita del Medio, donde imaginativos y oficiosos publicistas le inventaron una presencia. El bar Sloppy Joe’s, del mismo nombre que el que frecuentaba en Key West cuando era huésped bienvenido de su propietario y fundador, Joe Russell, a bordo de cuyo Anita viajó por primera vez a La Habana en 1932 para la pesquería de la aguja. Las Terrazas, en Cojímar, adonde recalaba en el Pilar y tomaba el último trago antes de marchar a Finca Vigía, un sitio con miles de libros que consideraba su hogar. 

Presentarán el documental “Hemingway II” y los libros El último león, de Ricardo Koon, y Hemingway: ese desconocido, por Enrique Cirules.

13 mayo 2015

LA HABANA NÁUTICA

“El Club Internacional, a la derecha, daba amparo en su muelle particular a varios yates de recreo, entre los que se destacaba uno de bandera norteamericana, muy lujoso, deslumbrante de pintura blanca, de pulida caoba y de bronces recién lustrados. Y en contraste con ese lujo, a diez pasos de su ostentoso lujo, los despintados mástiles y las bordas mugrientas de media docena de viveros y sucias toldillas de guadaños de redonda popa y ancha proa, que remedaban burdas góndolas venecianas”. (Enrique Serpa, La trampa, 1956). 

 “Llave del Golfo”, “Perla del Caribe”, “abierta a los cuatro vientos”, la sublime adjetivación de los redactores publicitarios del turismo cubano destaparía el humor sarcástico de la afición litoral, si algunos entre esa pléyade de crudos pescadores de orilla, balseros y surfistas de la calle Setenta, pudiera dedicarse a leer en internet lo que escriben aquellos sobre la náutica en Cuba.
Del cubano se ha dicho persistentemente que vivimos ―o hemos vivido, que para el caso es lo mismo― de espaldas al mar. Hay ciertamente mucha gente que se plantea la existencia con un sentido muy “continental”, ignorando por completo los 5 746 kilómetros de costas, con sus bahías, estuarios, litorales rocosos, además de las consabidas playas; dando por hecho que Cuba es una isla, puesto que nunca les mostraron la maravilla que puede ser cualquiera de sus cayos, y cuánto vale la pena arriesgarse al infierno de los jejenes por  amanecer pescando en Cantiles, Coco o Guillermo; acopiar mojarras en Tío Pepe, dejar a barlovento Lavanderas ―bello como un jardín japonés―, capear un aguacero en Ají Chico... soñar con otros donde nunca habré de poner el pie.
Cada cierto tiempo re-descubrimos la náutica. Ya se hizo a mediados de los noventa, con el enérgico emerger de la industria turística, y entonces se revelaron talentos y surgieron resonantes marcas, como Cubanáutica o Puertosol, luego sustituidas por otras. Alguien me dijo, hace años, que Cuba daba buenos peloteros porque desde que éramos niños andábamos por las esquinas del barrio con un palo y cualquier cosa que se dejara batear (corcho, bola de papel, taco de madera cortado del mismo palo), adivinando trayectorias, unos para “conectar” y otros para recibir “de aire”. No sé por qué se me ocurre que con la náutica tiene que ocurrir lo mismo: pregúntenle a los muchachos de Santa Fe, Jaimanitas, Santa Cruz del Norte y del Sur, Gibara, Baracoa...
La afición náutica en Cuba es taína, siboney, algo guanajatabey; es canaria, mallorquina, andaluza, catalana y probablemente cantábrica. La afición náutica en Cuba es tan antigua como los hombres que la poblaron, fuera por el encanto de las aguas batiendo incansables las orillas de arena, arrecife, manglar; fuera por el utilitario sentido de echar la cuerda, si bien con enseñado guaicán o acerado y curvo anzuelo inerte, llevar a la boca la suculencia del pescado. Navegar, navegaron.
Historiada la náutica solo la tenemos desde hace poco, si se acepta por tal lo que diversa prensa ha publicado durante el último siglo. Esto es, náutica integrada a los modernos modos de entretenimiento, de asueto de alguna forma socializado y puede que institucionalizado. Cierta aristocracia local, que como tiene dinero y tiempo libre en todo puede meterse, inventó en 1886 el Havana Yacht Club, y no por el título en inglés del Potomac ha de creerse otra cosa sino en mimetismo criollo con el ojo puesto en los vecinos. A fin de cuentas, el gusto por navegar y lo demás que viniera en ese paisaje ya estaba acá, para unos en el paseo en guadaño por la bahía de La Habana, otros quien sabe si tomando oficio a bordo solo por bañarse del alisio día por día, todo un lujo.
Tras el Havana Yacht Club vinieron asociaciones similares, y cada una fue haciendo lo mismo que le veían hacer a su antecesor, que tuvo regatas al año de fundado. Entrado y bien entrado el siglo XX, todo aceleró su marcha: a la vela y el remo se sumaron la pesca y la motonáutica, llegando luego el buceo, sobre todo en forma de pesca submarina. Cuba ingresa en 1924 en la International Star Class Yacht Racing Association y en 1955 el abogado Charles de Cárdenas  gana el certamen de la clase Estrella en Portugal.
A bordo del Criollo se fundó en 1956 la Asociación de Veleros de Cuba. La embarcación, una yola “construida en Cuba con maderas cubanas por operarios criollos” (Mar y Pesca, La Habana, abril 1957) ganaba en 1956 la regata Miami-Nassau y se aprestaba a tomar el liderazgo emblemático del yatismo cubano, toda vez que, al decir de una publicación de la época, “la mayoría de los llamados «yacht clubs» son en verdad balnearios simplemente” (Ibidem). En la misma época, el Miramar Yacht Club se dedicó a promover otra modalidad, el snipe, cuyo programa anual sobrepasó las veinte competencias y que llegó a medirse con buenos resultados en certámenes internacionales, como los campeonatos del Hemisferio Occidental  en Bermudas y el Mundial de Cascais, Portugal, en 1957.
Rafael Posso, un avezado yatista que en 1903 había ganado la Copa Veterana y alcanzara con los años el título de Comodoro del Havana Yacht Club, alentó a mediados de los años cuarenta del pasado siglo la fundación del Club Náutico Internacional de La Habana, CNIH, cuya principal singularidad fue abrir el primer servicio de atraque al servicio de yatistas extranjeros con el que contó el país, pues hasta entonces los recién llegados tenían que amarrar sus barcos a un muelle comercial de la bahía capitalina, recalar al río Almendares o más al oeste, en el de Jaimanitas.
El CNIH tenía la concepción de una moderna marina. En su espigón de la avenida del puerto ―el actual restaurante Los Marinos, en la Avenida del Puerto―, los turistas náuticos contaban con autoridades portuarias ante los que hacer cómodamente los  trámites de arribo, duchas y taquillas, bar y restaurante, todo a las puertas de lo que entonces era lo más sublime de la capital de todos los cubanos. Pregúntenle a Hemingway, que dejó en sus crónicas constancia del hotel Ambos Mundos, de la calle Obispo, del restaurante Floridita.
Cuentan viejas crónicas que en un cafetín de la calle O'Reilly se encontraron cierto día para compartir un trago el comodoro Posso y su colega Gidge Gandhy,  del Saint Petersbourg Yacht Club, y que de aquella amable conversación surgió la famosa Regata San Petersburgo - La Habana, una aventura de 284 millas marinas entre el oeste de la Florida y la costa norte de Cuba, establecida permanentemente desde 1946 hasta 1959, período en cuyo transcurso formó parte del circuito náutico oficial del sur de los Estados Unidos, denominado Southern Ocean Racing Conference.
Una plática similar con Don Antonio Zulueta, comodoro del Real Club de San Sebastián, propició la organización de la travesía deportiva a vela más larga del mundo en su momento: la regata La Habana-San Sebastián, de 4 200 millas al través del océano Atlántico. La primera fue efectuada en 1951 y la ganó el Malabar XIII, de Estados Unidos; la segunda victoria fue para el Mare Nostrum, del Real Club Náutico de San Sebastián, que llegó a la playa de La Concha a las 6:40 de la tarde del 6 de julio de 1955 y estableció un récord al completar las 4 200 millas náuticas del trayecto en 24 días, cuatro singladuras menos que las realizadas por el Malabar XIII cuatro años antes. Cuba fue representada en ambas travesías por La Cubana y el Siboney, respectivamente.
La motonáutica deslumbró a la afición litoral habanera desde marzo de 1922, cuando arribó a La Habana la lancha Gar Jr. II, tras cubrir en 9 horas y 23 minutos el cruce del estrecho de la Florida desde la ciudad de Miami. Gar Wood, piloto de la embarcación, fue el primero en sobrepasar las 100 millas por hora en una lancha de carreras. En 1925, en uno de los números inaugurales de la revista Habana Yacht Club, pueden leerse las reglas de la American Power Boat Association para regatas con handicap de cruceros, las que se aplicarían para lidiar por un premio cubano, la Copa Dr. Molinet. En las regatas de 1930, reportadas por esa misma publicación, se corrió en las categorías "Outboard clase C", "Outboard, categoría abierta", "Stock runabout" y "Gran Categoría abierta".
El 24 de febrero de 1959 más de 20 000 personas se reunieron en la Avenida de Puerto, inmediata al canal de entrada a la bahía de La Habana, para presenciar unas regatas auspiciadas ya por una Federación Motonáutica de Cuba. Viene luego un paréntesis de diferendo político entre Cuba y Estados Unidos y en 1979 el piloto Rocky Aoki y su copiloto Errol Orniner cubren en una hora y 44 minutos las 88 millas entre Key West y Varadero, a bordo de la Benihana, una lancha tipo catamarán de 37 y medio pies de eslora. Otro paréntesis y en el verano de 1996 el Malecón de La Habana se colma y se desborda de público para ver ganar a la azul Victory 1, el Grand Prix del 5º Campeonato Mundial de Motonáutica Clase Uno.

Durante el último medio siglo también ha habido eventos de velas, carreras de embarcaciones a motor, diversas modalidades de lides de buceo ―fotosub, video sub, caza submarina, marcas en apnea― y muchos certámenes nacionales e internacionales de pesca deportiva. Los cubanos, no tan de espaldas al mar, hemos sido, ciertamente, grandes espectadores de la cosa náutica. 

12 marzo 2015


RÍOS CONTAMINADOS PREOCUPAN EN LA TELEVISIÓN

Por Ismael León Almeida

Editor de CUBANOS DE PESCA

La contaminación de los ríos cubanos fue tratada este martes (10 de marzo de 2015) en la sección “Cuba Dice” de la emisión estelar del Noticiero Nacional de Televisión.

Conducido por las periodistas Maray Suárez y Gisela García, el espacio de crítica periodística se enfocó en uno de los problemas ambientales más controvertidos del país, donde una notable legislación dirigida a controlar diversas formas de contaminación es poco menos que inoperante, entre otras razones por el escaso interés de la propia población, como demostró el material emitido en el segmento final del noticiero.

Mientras señalaban que el daño comienza a revertirse en el río Almendares, el principal y emblemático entre los 15 cauces que cruzan el territorio de La Habana, entre los propios vecinos residentes en las inmediaciones de estas fuentes de agua se detectaron algunos casos en que contribuyen directamente al vertimiento de residuales sólidos, lo cual justificaron con la necesidad de deshacerse de ellos por la insuficiencia de los sistemas de recogida en sus barrios.

Algunos cauces son tratados verdaderamente como basureros, dijeron en referencia directa al río Quibú, del lado oeste del territorio habanero, en cuya desembocadura el editor de CUBANOS DE PESCA ha fotografiado en diversas ocasiones espesas capas de residuos, principalmente recipientes plásticos desechados, aparte del mal olor y la visible degradación de las aguas, que antes de verterse al mar entre los repartos Flores y Náutico, en el municipio de Playa, bordea un trecho las instalaciones del Palacio de Convenciones, sede de importantes conclaves nacionales internacionales, entre tales las sesiones de la Asamblea Nacional del Poder Popular.

Algunas expresiones muestran la persistencia de una retórica vacía y sin compromiso: “hay negligencia de los factores (el funcionariado)”, “hace falta un poco más de orden”, “hay que insistir en la disciplina (social)”. Entretanto Odalys Goicoechea, directora de Medio Ambiente del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente (CITMA), planteo que los responsables de los focos contaminantes deben ser “informados”, en tanto aseguró que algunas industrias se han trasladado, sin mencionar ejemplos de casos que tal medida se hubiera adoptado. La lentitud en la ejecución de la red de alcantarillado urbano y el retraso en la ejecución de obras de tratamiento son algunos de los problemas planteados.

El 12 de febrero de 1996, como periodista de una agencia oficial, nos tocó cubrir una actividad denominada “CAP-UPEC”, en la que el gobierno de la ciudad, presidido entonces por Conrado Martínez Corona, dialogaba en vivo y en directo con la prensa local. El tema de este día fue el río Almendares. No hubo pretensión solemne: las aguas del principal cauce capitalino fueron calificadas de “enmierdadas” por un notable asistente. Se anunció allí mismo la realización, cumplida pocos meses después, de la Mesa Redonda Río Almendares SOS, liderada por el Dr. Antonio Núñez Jiménez.

Si algo nos dejó a todos aquel evento, precedido por una expedición de tres días que recorrió toda la cuenca del río, fue la convicción de que existen métodos, herramientas y estilos para lograr que la convivencia con las fuentes acuáticas no derive en polución y abandono, que constituyen, además de sus consecuencias sanitarias y de otros tipos, una agresión dolorosa a la esencia cultural y el sentido de pertenencia que guarda una relación respetuosa con el medio natural.

Lo dijo con claridad Núñez Jiménez en aquella ocasión: “...cuando exista una preocupación como ésta la prensa debe indagar, entrevistar a todas las instituciones involucradas para esclarecer. Y ejercer la denuncia.”. Los periodistas, dijo también, debían calificarse para estas tareas.

Los que tenemos suficiente edad, podemos asegurar que todavía hace medio siglo cada corriente de agua era un reservorio potencial de entretenimiento sano para las poblaciones ribereñas. Las pesquerías recreativas eran frecuentes y posibles porque la población de biajacas criollas, guabinas, anguilas y otras especies subsistían en los cauces, sin el impacto de sobrepesca ni de los ―en apariencia― elevados niveles de  contaminación vigentes. El país tuvo, desde la época colonial, normas para proteger las aguas dulces, y del respeto que las autoridades exigían no sería difícil hallar testimonios.

En la actual generación de pescadores aficionados cubanos no se ha descubierto aun la motivación por formar parte de la búsqueda de soluciones a un problema que nos toca, como primera línea de contacto de la sociedad, a pesar de creer que usar las aguas como pasatiempo, para buscar pescado o solucionar necesidades de bolsillo, son las únicas opciones ante el medio acuático, dejando al estado la obligación de darse cuenta de los problema y solucionarlos.

Los aficionados a la pesca, que en el mundo se hallan organizados en asociaciones reconocidas en su ámbito social y con capacidad de opinión y de acción, se involucran lo mismo en el saneamiento de cursos de agua que en la reintroducción de especies autóctonas, que en propuestas y debates en torno al marco legal referido a su actividad de tiempo libre. Nada raro resulta, por esta razón, que en algunos países la pesca deportivo-recreativa sea evaluada por los gobiernos como un recurso más, de modo similar a la pesca comercial.

Ha hecho bien “Cuba Dice”. Frente al doble rasero ciudadano de contribuir al daño y exigir solución, y al discurso empresarial de las “carencias” y “dificultades”, pasando por alto soluciones científico técnicas cuya aplicación la autoridad debe propiciar y exigir, el medio de opinión seguramente recordará a unos y otros la obligación que las leyes cubanas imponen, de asegurar la calidad del agua en los reservorios naturales o artificiales del país.

La contaminación de las aguas no solo preocupa a la televisión en Cuba. La realidad es que el medio ha sabido mostrar un perjuicio que, no siendo su impacto preocupación verdadera más que para los que alguna vez lo reciben directamente, llega la sociedad a “inmunizarse” de su existencia. Hasta que un día.

 

 

 


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