10 septiembre 2012



La gente del spinning (4)
AMIGOS EN BAUTA
Bauta es una ciudad pequeña, limpia y cálida; bastante urbana, algo campestre y nada rural. Sus gentes son seres de buen talante, que viven ahí y en no pocos casos trabajan en la capital del país, de la que es vecina esta población. También es sitio de pescadores, que guardan la historia de la hoy fantasma Laguna de Arigüanabo, y pescan la trucha en los embalses, el cibí a vara y carrete en las costas marinas del municipio y hasta peces de pico en la Corriente, aunque el personal de embarcación se ha decantado más por la vía comercial que por la deportiva. El autor hizo allí amigos, en la época en que se empeñaba en sobrevivir de un comercio en pequeño de líneas de pesca y anzuelos.
Deambulando las calles de Bauta comenzó a admirar a los pescadores de esta urbe crecida en torno al eje de la Carretera Central. Uno de aquellos es Jorge Luis Meireles Pérez, quien comenzó con la familiar cañabrava cuando la cuenta de sus actuales 61 años estaba cerca de los comienzos.
-Pesqué mucho con lombriz de tierra y nunca cogí trucha, sino biajaca y sunfish, o pez sol- cuenta. Recuerda que cuando la Laguna de Arigüanabo se llenaba bien proliferaban las especies y se podía pescar desde la orilla de la carretera. Contrajo matrimonio en 1980 y todavía pescaba a vara criolla; entonces asiste a una competencia en esta modalidad en pareja con su esposa y cobran en conjunto casi un millar de tilapias en un embalse cercano al campismo Escaleras de Jaruco, lo que les dio el triunfo.
Ya el tiempo ha marcado cuatro décadas completas desde que comenzó a pescar a spinning con aquellos antiguos carretes rusos. Los más antiguos, dice, eran unos de esos en los que la línea sale por “un huequito delante”, descripción que recuerda la característica externa del spincasting. Meireles no ha de estar confundido, no señor, pues no hace tantos meses un hombre bastante joven cerca de la estación de ómnibus que acá llamamos el Paradero de la Playa nos permitió hacer una foto de una antigua caña soviética propia de esa modalidad.
-Con el spincasting cogí la primera trucha a vara y carrete–recuerda-. Después vieron los “Delfines” pero el primer carrete significativo que tuve fue un Tokoz Ryobi que gané en una competencia en la que había pescado con un carrete ruso Delfín-4, el verdecito chiquito. Hubo incluso varas y carretes de fly en las tiendas, que la gente no sabía que hacer con eso. Comenzamos a avanzar en el aspecto técnico cuando adquirimos un Tokoz Roen con planetario de bronce y un rodamiento; era muy lento, pero muy fuerte. Así me iniciaba en el mar, pescando con pollitos (jigs) artesanales que hacía con un anzuelo al que se le adicionaba una cabeza de plomo y se vestía con pelo de muñecas, plumas de garza, etcétera. Eso era para el mar. En agua dulce pesca la trucha y posee un récord personal de 9 y media libras en esta especie. Pesca regularmente en Maurín, un embalce próximo a Bauta, y ha tenido la suerte de hacerlo también en Leonero, en la provincia de Granma, uno de los mejores lugares de Cuba.
“Todavía conservo el primer carrete realmente bueno, que adquirí en 1998, un Penn 5500 que ha trabajado una docena de años cogiendo albacoras, picúas, bonitos y un pompano de 19 libras. Este equipo carga 200 metros de monofilamento de 15 libras de resistencia, he intentado usar de 12 libras, pero pesco mucho con boya y chispa que es un trabajo fuerte para la línea. Preparo unos señuelos a base de gomas elásticas y cuentas de cristal montadas en el anzuelo, y también empleo cucharas artesanales.
La elección de la vara depende del área de pesca. Para el mar la preferida de Meireles es una Tterson hueca de 2.40 m de longitud, pero en los embalses usa una de 1.70 m. “Para pescar con la lombriz artificial es mejor la vara dura, porque la vara blanda se duerme y no golpea el pescado como debe”. Respecto a los señuelos, opina que pesca muy bien el skitter pop número 12, hecho en madera de balsa. Los números 5 o 6 son apropiados para la trucha, el 8 o 10 para el mar. En este caso es igual el Original Floating de Rapala, en color Silver Black o Blue. El X rap es bueno para la presa y el mar. Meireles afirma que el interés por el spinning creció mucho en Bauta con los años. Hoy día habrá tal vez unos cincuenta aficionados a esta modalidad de lanzado en la ciudad, pero no todos son competidores. Y a Jorge Meireles le motiva la competencia.
En el extremo de la población por donde llega el transporte desde La Habana y se despide hacia la capital el tráfico que atraviesa Bauta por la Carretera Central, está a punto de terminar el turno de la mañana el personal del servicentro automotriz de la ciudad. En el taller de pintura empujan un auto hacia el interior de la cámara de pintura y dos de los operarios son pescadores. Pelayo Torres, que posee un récord a spinning, e Iván Menéndez, que comenzó hace menos tiempo con mucho entusiasmo, trabajan juntos.\
Pelayo Torres es ese tipo de hombre calmado y laborioso que dan al interior de Cuba su mejor perfil social. Apegados al trabajo y a la familia, hay personas que transcurren así como un árbol, persisten en la estridencia del tiempo sin acatar modas. Dado sin fanatismo a la afición a la pesca, confiesa que por cuatro décadas se ha dedicado al spinning.
La marca personal de Pelayo, reconocida oficialmente como Récord Nacional de Pesca Deportiva, le habría podido propiciar cierta celebridad entre la afición, pero la pesca es actividad poco publicitada (no es espectáculo) y encima este señor es modesto y discreto. Esta entrevista debió ocurrir hace un cuarto de siglo, pero nos sentimos afortunados de que ocurra ahora. Un robalo de 27 libras fue capturado por Pelayo a spinning en el río Gómez. Era un domingo por la tarde y lloviznaba; navegaba en una balsa por la parte más estrecha de ese cauce, rodeado de mangle a ambos lados, y la marea estaba alta. Hacía lances a ambas orillas con un pollo amarillo y picó. Fue el único pez de esa jornada. Fue al INDER del municipio (la dirección municipal de Deportes) a declarar la captura, se pesó el pez y se hicieron las fotos. La medalla del récord la recibió como a los cinco años. Aparte de esta pieza, recuerda una picúa de 14 libras y un sábalo de 22 en el Cabo de San Antonio.
Conversando, le recordamos a Pelayo que hace unos años, un grupo de pescadores a vara y carrete de este ciudad de Bauta organizaron una competencia de spinning, en un intento por ganar su asistencia al certamen de Cabo Cruz, en la provincia de Granma, que desde 1992 había ganado notoriedad entre los aficionados del país. Pelayo afirma, recordando que la realizaron a lo largo del litoral que corre al este de la desembocadura del río Baracoa, y en esa pesquería se hallaba un grupo de miembros del club de La Lisa, fuera de competencia, naturalmente.
Haciendo historia, señala Pelayo que el spinning fue traído alrededor de 1970 a Bauta desde La Habana por un pescador ya fallecido, llamado Rolando, sin que logre recordar los apellidos, quien vivió en el barrio de La Cubalina, en esta misma ciudad. Empiezan entonces a nucleares algunos pescadores, entre ellos Meireles y otros a quienes igualmente recuerda solo por el nombre propio: Manolo, Cheo... A finales de los años 70 comenzaron las competencias de spinning en el país. La primera a la que asiste fue una nacional en Playa Girón. Entre los organizadores se hallaban Sergio Oropesa y el Chino Wong. Los llevaron en ómnibus cómodos, que puso el INDER, y la comida bien hecha, con carne de carnero, y cerveza.
El equipo de los primeros tiempos eran unas varas rusas, de color gris, “que se partían solas”, y usaban anzuelos artesanales que producía un señor a quien llamaban Amado Mantequilla. Es en torno al nailon de 15 libras de resistencia que Pelayo Torres ensambla el avío de su preferencia para pescar en el mar a spinning. Cuatrocientos metros de esa línea se enrollan en un carrete Mitchell 302, con una relación de 4.5 vueltas de guía hilos por giro de manivela. La vara actual mide 2.70 m y es de acción media. El material “balístico” de este aficionado está integrado por lo más tradicional: pollo (jig) amarillo y acrílico, es decir, tarugo plástico.
Para Pelayo Torres, la elección del peso del señuelo está relacionada con la profundidad del pesquero. El spinning es apropiado para todas las aguas –los bajos pedregosos o las hoyas profundas-. La distancia de lanzado es, para el brazo de Pelayo, unos 80 metros, “con boya de competencia”.

La trucha bauteña
Quien tenga limones hará limonada y, si es pescador y vive en Bauta, pescará truchas. Pelayo aprecia el pez fluvial y ha ido por él lo mismo a pie que en cámara, que a flote es grande el disfrute y menos el riesgo y el cansancio de los que solo ven al pescador desde la orilla. El equipo será una vara de 1.80 m, carrete ligero que carga hasta 180 metros de nailon de 10 libras de resistencia a la tracción, con un ratio de 5.4 a 1. Por “la picada elegante”, prefiere como señuelo la lombriz artificial, en los colores azul y morado “. Cuando el toque se produce, da a comer, el pez salta... con rapala pica y ya está cogida...
Pescaba la la trucha en la Laguna Arigüanabo desde los años 60. Allí podían coger de 18 a veinte truchas por día, era un sitio especial, sin sitios profundos, mucha hierba de hoja ancha que llamaban cabomba. Mucho pato y mucha gallareta que atraía a los cazadores. Cuando desapareció ese cuerpo de agua empezaron a pescar en las presas; sus preferidas son Maurín, La Coronela, Los Palacios, La Chiva, La Lagartija, El Congo. Una trucha de 6 libras y media cobrada en Maurín en los años ‘90 es el récord fluvial de Pelayo Torres.
En eso Iván ha salido ya de la capilla de pintura, frotándose las manos con un paño, y como oye hablar de trucha se suma al coloquio. Como Bauta es vecina de embalses enriquecidos con la lobina negra boquigrande, la trucha cubana, dos décadas dedicó en exclusiva al centrárquido antes de que en 2003 le cambiara la inclinación hacia las costas. Iván Menéndez Rodríguez siente por la pesca simple devoción; comenzó a los ocho años con la vara criolla y descubre su habilidad para el spinning en los tempranos años 80. Este hombre de 47 años, maestro del reclamado arte de la pintura automotriz, ha tapizado las paredes de su casa en Bauta con señuelos, carretes y varas, todos para pescar a spinning en el mar y los embalses.
Compró a Amado Mantequilla su primera vara de spinning, y en la actualidad emplea para pescar en agua dulce una vara Shimano de 1.80 m de longitud, acción media, con carrete del mismo fabricante, modelo 3500, que carga 150 metros de nailon de 10 a 12 libras. Para la trucha ha conseguido un amplio surtido de señuelos, comenzando con la tradicional lombriz artificial, y luego con una selección muy probada de rapalas, entre cuyas muestras muestra su confianza al Shad Rap del número 7, “que siempre dio bastante trucha en todas partes”, y asimismo a los Original floating del 5 al 12, en cualquier color; al Risto Rap del 12, que dio pocas, pero grandes, a los Count Down del 5 al 10 y al Ratlin-rapala en colores plata y azul.
En una ocasión, dos amigos del barrio, Pelayo y su hijo Aniel, lo invitan a una competencia marítima en la playa de Herradura, una hermosa caleta al este de la bahía de Cabañas. Entrando al bajo de la laguna costera inmediata, mata un pargo de cuatro libras con un tarugo plástico de cabeza amarilla fabricado por Pelayo, y luego dos cibíes, y con ello la pasión por la pesca de agua salada ha despertado en él. Se aficiona desde entonces al spinning marítimo y se dedica en exclusivo a esta modalidad, debido también a que la trucha estaba en decadencia.
Descubre en 2004 el Cabo de San Antonio y desde entonces ha pescado en las costas de la Península de Guanahacabibes –cuyo extremo oeste es dicho cabo- en cada uno de los meses del año. Allí lleva un registro de las mejores zonas: Berraco, Caleta Larga, La Barca y el seibadal inmediato a los Morros de Piedra, donde halla mucho robalo, sábalo, jiguagua... Una vez pescó también el tramo entre La Bajada y María La Gorda, que es zona de acceso más directo, sin las extremas limitaciones de acceso que existen para el resto de la península.
En sus jornadas más intensas en esta zona, Iván capturó una barracuda y una cubera en la misma sesión de pesca, cada una del peso de 20 libras. Otro día completó el cobro de 216 piezas, entre las cuales descollaba un aguají de 11 libras y otra barracuda, esta vez de 11 libras. En sus registros de pesca en aquella península, donde Iván es bien conocido, cuenta asimismo con una sierra de 42 libras. “Ha habido días de matar cerca de una veintena de robalos de entre 9 y 19 libras, y sábalos de cinco libras para arriba, que son toda una diversión para el pescador de equipo ligero.

1 comentario:

Julio Javier dijo...

excelente artículo, en mi próximo viaje a la isla visitare la zona con el objeto de conocerla y así en futuros viajes ver la posibilidad de pescar alli

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