06 octubre 2011

La gente del spinning (2):
CARLOS SONEIRA GONZALEZ















Carlos Soneira debe ser uno de esos pocos casos en Cuba que ha entrado al deporte de la pesca directamente a una modalidad de vara y carrete. Uno ha estado convencido de siempre de que el tránsito natural de los simples mortales dados a este entretenimiento se inicia en una sencilla vara criolla o -para aquellos que vienen al mundo cerca del mar- una línea enrollada en un yoyo o quien sabe en qué otra cosa cilíndrica y manuable. No es imposible, se entiende, pero en su caso se complica por el hecho de que la afición que le llegó puede decirse que en los genes fue la caza. Cuando este señor de 75 años se suelta a hablar de cacerías y pesquerías, a este neófito entrevistador no le ha quedado más remedio que advertirle: “Me está hablando de otro país, Soneira”.
La primera escopeta llegó a sus manos en 1949, con trece años de edad, y afirma que “siempre hubo armas en casa”. Había comederos abundantes cerca de la ciudad de La Habana y lo mismo paloma que patos eran esperados cada temporada con cientos de cartuchos y arduos preparativos. ¿Cómo entonces halla el camino de un arte tan pacífico como la pesca a caña?
Dice que siendo un muchacho aun, comienza sus cacerías con un compañero de estudios y su familia, con quienes iba los fines de semana a gastar energías y pólvora en una serie de lagunitas que entonces existían en las proximidades de las canteras de Camoa y Somorrostro, cerca del poblado de Jamaica (1). Tomaban el tren en la Estación Central de La Habana y luego de un corto viaje descendían en el apeadero de Cuatro Caminos y marchaban con las escopetas a cuestas por la Carretera Central, un par de kilómetros hasta el acceso a las lagunas de Sabanilla y La Sierra, esta última, según la memoria de Soneira, “con una trucha envidiable”.
Pronto comenzó a organizar sus propias cacerías y pesquerías. Hijo de un inmigrante gallego que se desempeñó en el sector del comercio menor, con 16 años se inicia como empleado en la filial cubana del Chase Manhattan Bank, y con sus juveniles ingresos adquiere un auto y se marcha los fines de semana a practicar su afición en los alrededores de la ciudad. Soneira, que la víspera mandaba a avisar a un botero de la laguna de Arigüanabo (2), entraba en el automóvil hasta las márgenes de ese acuatorio en un sitio llamado San Pedro –famoso lugar histórico donde en 1896 cayó en combate el general Antonio Maceo- y se embarcaba aun oscuro en la chalupa, que su guía impulsaba a palanca por casi dos horas hasta los cazaderos de Cayo La Rosa. Después de derribar la percha con el lento ascender del sol, las escopetas callaban y el cazador entretenía la silenciosa navegación de retorno haciendo lances a las truchas.
Usaban articulados de cuatro centímetros, un señuelo mediano, porque la trucha era de talla grande. Todavía en aquella época no había comenzado el empleo de la lombriz artificial, señuelo que durante el último cuarto del siglo XX acabó alcanzando categoría nacional, antes de que los rapalas y sus imitaciones y reproducciones locales ocuparan un segmento verdaderamente importante de la preferencia de los aficionados del país, cual es la tendencia del presente.
Aunque tuvo un período de neto pescador a baitcasting, que era el avío que a mediados de la pasada centuria mucha gente prefería para pescar la trucha, en los primeros tiempos se sumó al spinning, que sería más tarde la modalidad exclusiva para las pesquerías marítimas. Los equipos de aquella etapa eran los carretes de la serie Rummer, en particular el Ru-Star, “que era lo que más había”, y las cañas macizas de Conolón.
Graduado de Ciencias Comerciales en la Universidad de Villanueva, Soneira laboró como bancario hasta que, afirma, una disposición nacional envió a los empleados del sector menores de cuarenta y cinco años a administrar tintorerías y panaderías, mientras sus puestos eran ocupados “por antiguas empleadas domésticas y jóvenes rebeldes” (3) . Estuvo un año y medio en un estatus denominado “plantilla suplementaria”, que en la práctica significaba que cobraba sin trabajar. Durante ese tiempo aprovechó su experiencia, sin embargo, en la creación de la asociación de cazadores y, por supuesto, en pescar y cazar. La caza iría declinando con el tiempo, en la medida en que se encarecía el precio de la gasolina y la tenencia de armas en el hogar conllevó agobiantes controles.
Resulta entonces que nuestro entrevistado no se inició como pescador en el Malecón de La Habana, que era un gran pesquero y –reconoce- el sitio donde se gestó mucha de la maestría que se ha exhibido posteriormente entre los aficionados locales al spinning. Su tránsito por los deportes al aire libre derivó entretanto por diversos intereses. Con un gasto inferior a lo que percibía en el banco en un mes (4), se había hecho construir por planos un bote de madera de 11 pies, con un motor Scot de enfriamiento por aire y 3 ½ caballos de fuerza. Esta embarcación fue usada a veces para desplazarse a corta distancia de la costa en la pesca submarina y recuerda aun que dos deportistas pescando a tres o cuatro brazas con escopetas a ligas, la llenaban de peces en una corta jornada.
Ese bote vino a marcar el vínculo de Carlos Soneira con el spinning marítimo. La razón es que fue conquistado por la pesca del robalo, a la que se dedicaba a lo largo de un extendido tramo de litoral de la costa norte cubana, entre la bahía de Mariel y Jaruco, mientras en la época invernal gustaba rastrear la desembocadura de los ríos tras el gallego y el guaguancho, y ocasionalmente a la captura de sobacos con carnada cerca de Bocaciega, en la zona de las actuales Playas del Este.
Equipos más fuertes fueron necesarios a partir de entonces, en un momento que Carlos Soneira fecha entre 1957 y 1958. Por aquella época había un montador de varas llamado Manuel Díaz de Villega, que tenía su taller en el zaguán de un edificio. Escogías uno de los blanks que tenía en exhibición y le indicabas cuantas guías querías que tuviera la vara, lo que podía ser discutido por el experto artesano, quien luego vendería al cliente asimismo el carrete que necesitara, fuera de
spinning, de casting o carretes ligeros de trolling. “En ese río Baracoa (5) que conoces, no parabas los robalos que había si no tenías un carrete de trolling 2/0 lleno de nailon de 20 libras. No los parabas”. Para este encargo, el complemento era una caña corta de trolling.
Fiel a la batería Rummer, eligió un spinning Ru-Plage que cargaba la nadería de 400 metros de monofilamento de nailon de 20 libras de resistencia, para una caña Conolón médium heavy de 9 pies de longitud: ¡toda un arma! Asegura que el señuelo más usado entonces era la cuchara, la herramienta apropiada para robalo y jiguagua, algo que no deja de sorprender a quien se ha cansado de pescar y ver pescar con “pollitos” y “chispas” de pelos de chivo teñidos de amarillo, que “se usaban también, pero no tanto”.
A la pregunta de si en la época de sus inicios se pescaba tanto el cibí, hoy la especie mayoritaria de los deportistas del spinning, señala muy seguro que era pesca secundaria, que se aseguraba si faltaba otra clase de piezas. El gallego es pez nocturno, que se cobra con palo y pollo, ambos de color blanco. La pesca invernal del parguete y el caballerote se realiza durante el frente frío, “jugando con el oleaje”. Entretanto, la cojinúa ha llegado a convertirse en “la pesca fundamental del Malecón”, cuando vienen las lluvias en junio y julio.
De sus comienzos a la fecha, transitó Soneira hacia la línea ligera, y asegura: “Cuando todo el mundo en el Muro (Apelativo local y sentimental para el Malecón) pesca con líneas de 16 o 18 libras, yo persisto en usar la de 10 y en ocasiones la de 8”. Antes de que el visitante de CUBANOS DE PESCA se deje alcanzar por una duda, están sobre la mesa los carretes con su carga:
• Penn SP 550, capacidad de 300 metros de línea de 10 libras.
• Penn Z 710 –“¡un winche, Ismael!”-, de igual capacidad y tipo de nailon, pero más lento, para pescar a fondo con carnada.
• Quantum muy ligero, para la pesca invernal de caballerote y parguete, que cuenta con una bobina de 10 libras y una de 8 libras. “Lo que tienes que tener para la pesca con línea de 8 libras es un carrete que regule bien”, dice el señor Soneira.
Después de haber comenzado con varas de 7 pies, se convenció de que nueve pies es el tamaño ideal. Esto, salvo para pescar a fondo, que permite el empleo de una caña más corta, una Power Plus comprada en Bass Pro Shop. Para el Quantum usa una Yiya muy flexible y de buena fibra -aunque malas guías-. Una caña adicional, de cinco metros de longitud, aguarda solo a que llegue en el año la época de pescar la rabirrubia con engodo.
“El Malecón tiene una teoría, que no comparto” –subraya- y explica que es el uso de pesadas boyas y nailon de 18 libras, para asegurar el pescado, haciendo a la vez lances muy largos. Pero con ese peso continuamente trabajando sobre los rodamientos, te quedas sin carrete en seis meses. Y usan esas varas fuertes, pesadas, que te agotan. “Yo mato el mismo pescado que ellos usando mis equipos. Aunque lo que ellos matan en diez minutos yo me demoro una hora y lo disfruto”. Cada día, Soneira bajaba por Gervasio y caminaba a lo largo del entrañable muro del litoral practicando lanzado hasta la Punta. El paseo, al amanecer, antes podía rendir cuatro o cinco galleguitos de un par de libras cada uno, y hasta poco menos de una veintena de chicharros grandes, chicharros “ojo de buey”, que pesan de tres cuartos a una libras.
“No tiro vivos, no soy amante de esa pesca. Tampoco pesco jiguaguas lanzando con palos al medio de la bahía”. Con las varas ligeras que usa, Carlos Soneira calcula que su alcance es ochenta a cien metros, lanzando una boya cuyo peso máximo es de 40 gramos, usando la línea de 10 libras con la que pesca. Con el pollo llega a veinte o veinticinco metros de distancia.
Explica que ahora el noventa y nueve por ciento de las pesquerías que se hacen en el Malecón son por dinero y por esa razón se vive esa “lujuria” y el irrespeto de algunos hacia el que está lidiando un pescado, que lanzan por encima, le cruzan las líneas, esas cosas. Puedes ver veinticinco pescadores en diez metros de muro, hombro con hombro, y eso es hasta peligroso, no falta los enganches con anzuelos en la cabeza.
Carlos Soneira ha pescado a spinning en cada uno de los sitios que los aficionados cubanos nombramos con admiración y un poco de nostalgia: el sur de la Isla de la Juventud, Guanahacabibes, Playa Girón, Cabo Cruz y, en agua dulce, Leonero. Hay sitios que, en su opinión, se hallan todavía inexplorados para un pescador a spinning con señuelo artificial. Se refiere con mucha convicción, principalmente, a costas del extremo oriental del país.
En septiembre de 1958 capturó un castero de 607 libras a trolling, con equipo 12/0 y línea de dacrón de 125 libras de resistencia. Es un gran pez, pero este deportista no parece sentir demasiada emoción cuando lo expresa. Se le encuentra más motivado cuando afirma que el noventa por ciento de los señuelos con los que pesca salen de sus propias manos. Y, sin dudas, no deja de informarnos que cada día antes del amanecer baja por la calle Gervasio hasta el Malecón con la caña de spinning en la mano. “Esta mañana lo hice, como siempre”.

NOTAS.-
1- Ha de advertirse que no se refiere el entrevistado al poblado de este nombre que incluye la el Diccionario geográfico de Cuba en la página 173 de su edición del año 2000, sino a otro que no menciona esa obra, y que se halla sobre la Carretera Central, entre la actual capital de la provincia Mayabeque y la capital del país.
2- Cuerpo de agua hoy desaparecido a donde un guía de pesca de la época, Tony Solar, solía llevar personalidades del mundo de los negocios de la ciudad de Nueva York, que durante la primera mitad del siglo XX realizaban en Cuba un incipiente turismo de pesca.
3- La Asociación de Jóvenes Rebeldes (A.J.R.) fue formada en diciembre de 1959, cuando fue aprobado su Reglamento Provisional en el Departamento de Instrucción del Ministerio de las Fuerzas Armadas y presentada de forma oficial el 28 de enero de 1960 por el Comandante Ernesto Che Guevara. (Tomado de Somos Jóvenes Digital).
4- Gastó 32 pesos menos de lo que ganaba. El trabajo de carpintería costó 110 pesos, y 118 pesos el motor
5- Desemboca a poco más de 25 kilómetros al oeste de la bahía de La Habana.
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