10 enero 2012

La gente del spinning (3)
ESCUELA EN EL MURO DEL MALECÓN
Una de las primeras cosas de las que usted se enteraba en el muro del Malecón de La Habana en noviembre de 2011 es que la Oficina del Historiador de la Ciudad se había opuesto a que los pescadores fueran desplazados de ese sitio, del que eran parte desde siempre. El doctor Eusebio Leal Spengler, que ocupa el cargo, destacó en una entrevista concedida en abril de 2010 a la revista Mar y Pesca “la relación que tiene toda la gente con el mar, no solamente de la ciudad sino de la Isla, por su propia naturaleza, con el mar. Es algo inseparable” (1).
Otro asunto del que el observador queda enterado apenas inicia un diálogo entre pescadores es que entre los que frecuentan el litoral citadino hay maestros y alumnos. De una forma absolutamente natural, los primeros tienen por lo común más edad, son asentados y pacientes, muestran con modestia el arsenal de su cartuchera y trabajan más con los ojos sobre el agua. Uno de ellos realiza cómodamente un lanzamiento con su caña de spinning sin siquiera pedir a los dos o tres que le rodean en la conversación que se aparten; el movimiento pendular de la caña ocurre sin que en apariencia el lanzador haya hecho un excesivo esfuerzo, mientras el anzuelo con su vestidura artesanal inicia su trayectoria en la precavida mano del pescador, que lo libera en el instante preciso para que cumpla su itinerario hasta un punto del agua oscura del canal donde un instante antes una mancha de peces ha revuelto la superficie.
Los muchachos, entretanto, son competitivos, no pasan un minuto sin alentar el careo bromista con alguno de sus colegas, usan palabras crudas o con todo desenfado se refieren peyorativamente a otros de sus compañeros o a pescadores de otros barrios de la ciudad que alguna vez pasan por allí a probar sus avíos antes de irse a pescar en serio a algún sitio distante de la urbe. Ellos están atentos a todo cuanto ocurre en torno, y a las faldas de las turistas jóvenes que abundan en esta parte del muro. Puede que ellos exhiban algo del arsenal que emplean en el momento, pero les gusta guardar el secreto de su más reciente creación. Uno ha logrado teñir finas y flexibles tuberías de teflón transparentes, usando para tinta de marcadores indelebles disuelta en alcohol para darles un color verde fosforescente. Un pequeño segmento se inserta en la caña de un anzuelo recto número 2/0 y eso basta para rebuscar el pez en las aguas.

Primer sector: La Avenida del Puerto.
Por estos días –mediados de noviembre de 2011- todos los pescadores a caña entre el castillo de San Salvador de La Punta y el muelle de San Francisco están usando un nuevo invento para impulsar sus señuelos, buscando el bonito, la pintada o el serruchito que están entrando a la bahía de la capital. No vamos a apresurarnos en afirmarlo, pero da la impresión de que ha habido un cambio desde que hace una década publicamos en la malograda revista Bitácora (2) otro artículo sobre los aficionados de este emblemático sector de la costa cubana.
Ellos han puesto de moda una boya muy plomeada en forma de huso trunco y, cuando no la usan, es porque la cambian por un pesado plomo para pescar a mayor profundidad. A uno de esos modelos los llaman cuatro caras, por su figura; está el pescadito, también de plomo, con brillante recubrimiento niquelado o en papel de estaño, y cucharas igualmente muy pesadas, que recobran a media velocidad para que no den vueltas. Peso también es distancia, anote. Una reciente novedad son las chapitas, segmentos tubulares recortados de antenas de algún radio o televisor domésticos en desuso, que se aplastan sencillamente sobre el anzuelo. Antes les llamaban torpeditos, porque se usaban sin aplastar. Este es el artefacto más efectivo, coge de todo.
-¿No usan rapalas?
-De todo, aquí usamos de todo.- Responden. Y es cierto, cuando muestran su equipamiento hay algún pescadito plástico de alguna marca comercial, pero la mayoría es de producción doméstica.
Cuando ya se conversa con más confianza, nos enteran de que la víspera cogieron en este sector del Malecón más de 90 bonitos. Un pescador dice que este mes –o sea, los últimos treinta días- ha cogido más de 60 bonitos, 2 jiguaguas, más de 40 pintadas y 6 serruchos. Eso es mucho pescado, me parece, para un sitio con una docena de varas en alerta permanente –a veces más de cien, ¡doscientos!, me harán creer-. Nosotros hemos pescado en todas partes, de Mariel a Playa Girón, Jaimanitas, Santa Fe, Piedra Alta, Boca de Tiburones... y en ningún sitio hay esta picada. En ninguna parte hay el pescado que aquí.




No es pesca de noche. “La vara pesca a lo oscuro, solo guaguancho y el gallego”. Los mejores horarios son los mismos que aprecia el pescador en todas partes: “el amanezco y la caída de la tarde”. El sábalo vive ahí dentro de la bahía. Si usted quiere verlos vaya a los muelles donde preparan la merienda... (¿Dónde?). En abril y mayo andan por el canal saltando. En mayo cogen bonito chico y cojinúa. En invierno, el bonito melva, la cojinúa, la jiguagua y el serrucho. La jiguagua está ahí todo el año. El pescador que nos informa ha cogido una de 25 libras.
Los maestros nunca harán nada para enseñar, ni mucho menos andarán diciendo que saben lo que saben. Los alumnos no se ponen a preguntar para que los enseñen. Observan, escuchan y, si alguno más avanzado quiere explicarles algo, le escuchan atentamente, cuidando de poner en el rostro su cuota de escepticismo, aunque no olvidarán el gesto. A los maestros se les espía cuando hacen su lance, cuando recobran, cuando clavan y traen hasta la plancha del muro un pez memorable (para la memoria del día, de la semana, del mes o de toda esta temporada. Alguna captura quedará en la leyenda del muro). De unos cuantos pescadores se habla: ¿Te acuerdas de Fulano? ¿Dónde se habrá metido? “Está pal Yuma”, dice algún enterado. “Era un tipo loco Fulano. Mira que tirársele arriba a un castero en plena agua del golfo para que no se fuera...”. “Y Mengano, ningún tipo mejor que él pa’ aguantar la marejá”. Porque ellos, cuando pueden, salen al mar con algún propietario de embarcación.

Segundo sector: Del Paseo de Martí (Prado) a la calle 23 (pero a la inversa)
Pocos, muy pocos pescadores en este tramo, pero es martes pasadas las dos de la tarde y probablemente no sea hora propicia. El mar esta suavemente movido, como si le quedara un remanente muy disuelto ya del último frente frío. A esta misma hora, en la Avenida del Puerto hay más de una docena de pescadores de spinning amontonados en diez metros de muro con los ojos pegados al agua; ellos esperarán a la caída de la tarde, pero el día ha sido funesto.
Dejo atrás la calle 23, la avenida más populosa de Cuba, rumbeando Este en un giro a la derecha después de jugar con el semáforo. Camino por la acera ancha a lo largo del muro, generalmente alto, en algún sitio tan alto como la cabeza del paseante, que tampoco es un gigante, claro.
A las dos cuadras, la primera pareja de pescadores, que está comenzando a prepararse para su faena recreativa. Llevan a la vista una vara de spinning preparada con plomada corrediza para pesca a fondo. Les pregunto por la carnada y dicen vagamente: caracoles, llevando la mirada hasta la piedra del arrecife. Ciguas, probablemente, que en caso de apuro usamos para cobrar algún pececillo de fondo para sacar los filetes e ir mejorando la propuesta.
El Malecón, vamos a comprobar hoy, es un fresco y amplio paseo. Todo el mundo gusta de él. Una pareja que se casa se hace fotografiar; la muchacha con su largo y vaporoso vestido de un tenue crema está sobre el muro y un fotógrafo que cobrará lo que cobra le va dando indicaciones. Por un momento temo que se vaya abajo, cuatro metros y centímetros, sobre la piedra, el agua sucia y el limo. El novio, de un blanco sajón y apostura financiera, transcurre plácido mirando el paisaje. Una extranjera bonita tira fotos a los que se tiran fotos y a las eternas construcciones de la acera de enfrente.
Apenas paso el torreoncito que está en el extremo del Parque Maceo, diviso uno que pesca a spinning con la misma boya que usan más allá del castillo de La Punta, pero no parece entusiasmado. A la altura de la calle Gervasio, donde en ocasiones se ha visto el muro desbordado de pescadores afanosos con varas y yoyos, hoy solo tiene dos al sol. El viejo lleva una vara con un carrete Penn de cazuela ancha y de modelo tan antiguo que el dueño no lo recuerda. Le ha quitado el pick-up y solo usa un breve gancho para recobrar la línea, uso bastante común entre pescadores que emplean carretes de gran capacidad en el país. Saca parsimonioso un filete pequeño de agujón, la ensarta en el anzuelo para lanzar a fondo, pero parece molesto de tanto preguntón, sumados tres muchachones que portan como juguete un palo de golf que quieren saber si está picando, si ha cogido alguno, etc. y se traslada con todo su equipamiento a unos metros de donde está su compañero joven, que usa un carrete de mano.
Cerca de donde la ancha Galiano respira el salitre desde la acera del hotel Dauville, uno que pesca ha bajado del muro y tiene lanzados cinco carretes. Toma uno, tienta la línea, con ella en la mano cambia el avío de posición, sin sacar la línea del agua; parece que algún pez ha estado jugando con la carnada, pero al rato no le convence y le deja en un nuevo lugar, ajustando con unas vueltas de la línea la lata de aluminio de le servirá de alarma de picada. El último pescador de esta tarde sobre este sector del Malecón lo hallamos cerca de la intersección de la calle Genios. Está pescando a spinning con boya y por la forma pausada de recobrar la línea nos dice que está pescando agujones con carnada. Media hora después pasamos junto a los pescadores de la Avenida del Puerto. Siguen a la espera. Hoy no se ha sacado nada, pero puede que a la caída de la tarde suba alguna mancha.

Buscando el extremo opuesto: De la avenida Paseo a la desembocadura del río Almendares.
Este sector es más urbano, de tránsito peatonal escaso, menos presencia de residentes locales. Pocos pescadores, a pesar de que en algunos tramos (frente al los hoteles Cohiba y Riviera, por ejemplo) el agua es limpia y profunda.
Los pocos pescadores estaban trabajando con carnada, aunque tenían cañas de spinning. Dos de ellos estaban detrás del agujón, para usarlo como carnada. Uno de ellos lo empleó delante de nosotros: lo encarnó en un anzuelo número 3 y lo lanzó al agua con una línea tricolor de 50 libras de resistencia, con cuatro preservativos para que flotara, el viento lo sacó rápidamente a unos 300 o 400 metros. A poco vimos partir 2 preservativos sueltos, pero no fue asunto de picada.
En la boca del Almendares, cerca del tramo donde se halla la caleta que daba alias a los asociados del antiguo Vedado Tennis Club, estaban pescando biajaibas a fondo. Más adelante, ya en territorio del río, había dos pescadores tirándole al ronco con calandraca de tubo; uno tenía una vara criolla y otro una línea a mano en uso y una caña esperando para usarla.

Último sector: De la avenida Paseo a la Calle 23.
Casi al amanecer del viernes 25 de noviembre de 2011 una banda frontal trajo una leve llovizna, bajó la temperatura unos pocos grados para los días siguientes y el mar se animó. Después del mediodía, la marejada llegaba a la orilla en olas elegantes y bien formadas, rompiendo con casi dos metros sobre los bordes de arrecife. En algunos puntos llega al muro, se levanta y salpica, pero sin el estruendo y los arrastres de agua que vendrán cuando el frente frío bata en franco norte.
Desde Paseo, bordeando hacia el Este la avenida junto al mar, hay algunos grupos jóvenes que muy juntos disfrutan del viento fresco que llega sobre el agua. Ningún pescador en un largo trecho, algo que extraña pues el mar se ve prometedor, hasta que aparece el primer cartel rojo prohibiendo pesca y baño a la altura de la calle J (orientado hacia la boca del Almendares). Otros dos carteles más, que el óxido comienza a carcomer, se hallan en el trayecto, pasando frente al edificio de la Oficina de Intereses de Estados Unidos, hasta que, unos 100 metros adelante del último, frente al parque envuelto en los enrejados arcos metálicos de la Tribuna Antimperialista hallo el primer grupo.
Están pescando a nailon. Cada pescador tiene un único carrete de línea resistente, seguro seguro que ninguno menor de 60 libras, ni con menos de 300 metros: ellos saben lo que se traen entre manos. No tenía que preguntarlo: las plomadas son las más pesadas del año y nadie va a poner más de un anzuelo. Se pesca a la espera, pero las líneas esta vez no van marcadas, sino cuidadosamente tomadas en la mano, sintiendo el tacto. Hay que responder a la mínima picada, pues un pez enlajado con este oleaje, o una línea arrastrada por la corriente del fondo va a provocar una costosa pérdida, que solo en términos de tiempo de pesca es ya onerosa.
Suerte: media tarde y ya uno ha logrado su premio invernal. Marcial Pozo se llama el señor y a las dos y media de la tarde cobró esta palometa con erizo. El mar es de escasa profundidad en este tramo y ellas vienen a mariscar cerca de la orilla, dice el aficionado, que lleva tres lustros en el trajín de la costa. Calcula 13 libras al pez, y bien que puede tenerlas.
Más adelante aumenta la gente de paseo sobre el muro, pero hay un solo pescador más, y está justo frente al monumento al Maine, justo a la altura de la punta donde se levanta el Hotel Nacional sobre su colina pétrea. Va de vara y carrete –una telescópica con un Penn- y con la boya plomeada de los colegas de la Avenida del puerto está haciendo unos lances sobre los sesenta o setenta metros, con el viento en ángulo por la derecha. Paciente, lanza un poco de tras de la ola que se levanta y trae muy cómodo su pescadito de plomo –forrado con lámina de estaño y con triple anzuelo- cabalgando muy orondo donde espero ver en cualquier momento un pescado salirle de abajo. No sale, tal vez más tarde.
Enlazo en 23 el tramo que ya estaba hecho. Fin de la excursión. Me da curiosidad averiguar en qué se parece este relato –y cuánto se diferencia, puede ser- del que hace diez años hice para una revista. Pero eso es trabajo de mesa; si quiere, véalo usted mismo: “El Malecón de los pescadores” fue su título.




NOTAS
1- Orestes González Caballero: “Conversando con Eusebio Leal. Habana sin el mar no serías”. Mar y Pesca, La Habana, No. 282, abril 2010, páginas 2-5.
2- Ismael León Almeida: “El Malecón de los pescadores”. Bitácora, La Habana. No 7, Verano 2001, página 42.

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