03 noviembre 2011

PRODUCIR CARNADA
Que levante la mano aquel de nosotros –pescadores domingueros y vacacionistas- que siempre preste toda su atención a la carnada. Entre toda la pléyade de aficionados que conocemos -desde el adolescente principiante que atesora dos docenas de metros de nailon enrolladas en un cilindro que recortó de una tubería plástica, al curtido balsero que nunca olvida un metódico fregado pluvial a su herramental tosco y eficaz, para preservarlo de corrosión y husmeo de roedores-, no faltan los que inconscientemente relegan del inventario de pesquerías un entendido asterisco a la carnada.
En comparación, quienes pescan con señuelos artificiales –con frecuencia los mismos, según la época, las aguas, la ocasión- muestran una obsesiva tendencia a proteger cada pieza, sea mosca, rapala, cuchara, lombriz de goma o pollito artesanal. Se entiende que un señuelo se adquiere a buen precio, se usa y con suerte, adquiere una historia de resultados, se prestigia, por así decirlo. Luego, se le cuida, limpia, se afilan las puntas de sus anzuelos... ¿Y la carnada? Pues, con suerte, puede hallarse en algún sitio donde se le colecta sin costo... pero no siempre está ahí mismo.
Dado que su principal condición es la frescura, debe conseguirse con muy poco tiempo previo a la pesquería. Pero en la vida real de los pescadores comunes y corrientes, que se liberan de su cotidianidad apenas veinticuatro horas cada semana de sus vidas ocupadas por el trabajo o los estudios, ese momento previo suele ser un día ocupado, que culmina con una apresurada sesión de preparativos cuando ya todo está a punto... o casi, y solo quedan unas pocas horas de sueño para partir al agua. ¿Y la carnada? Ya veremos mañana.
Cierto que no es el tipo de negocio que más se anuncia, pero en ocasiones alguna publicación trae informes acerca de la venta de carnada entre los servicios adicionales de un coto de pesca; o una oferta turística la adiciona con funcional generosidad al paquete de su producto de pesca. También se sabe que allá afuera en el mundo hay uno o dos negocios de este tipo, incluso uno que despacha sus sardinas, escribanos y boquerones en la misma zona de pesca, que ya es ser oportuno.
Si usted hojea revistas cubanas de la primera mitad del siglo pasado, hallará que en aquel subdesarrollado país había quien le sacara a pescar agujas en su barquito propio, quien a palanca en su bote de tablas ruinosas le llevaba hasta las truchas de las lagunas de Arigüanabo o Baracaldo, y quien se ganaba los pocos pesos del condumio acopiando carnada. El exitoso Hemingway, en aquella época, dejaba que sus marineros vendieran la aguja lidiada a vara y carrete, porque era dinero bien ganado que se usaba para premiar a la tripulación, pagar el combustible... y comprar carnada.
Si la carnada fuera a examen, unos cuantos suspenderíamos la asignatura. Sin que todavía nos estemos refiriendo en particular a la rama marítima o a la fluvial, hay que decir que la carnada tiene más de un aspecto de interés, pero ninguno tan cercano a la práctica como el hecho de que nunca se halle tan accesible como lo requerimos. El asunto es simple: cada día somos más seres urbanos, cada día el recurso natural está más en retirada.
A pesar de su engañosa accesibilidad, del modo libre y a veces liberal de apropiación de lo que hallamos en la naturaleza, de su aparente poca importancia cuando se le toma para cobrar un pez que sí es importante –para nuestra percepción, en particular-, el acopio de carnada es una clara forma de impacto sobre la ecología del medio, que tiende aun a ser poco valorada, sea por ignorancia, por subestimar su magnitud, o por desidia.
La aparente abundancia de algunos peces, moluscos, crustáceos o anélidos de los que nos servimos alegremente como carnada, alimenta el riesgo para determinadas especies. Una mirada a algunos tipos de carnada y las prácticas que empleamos para conseguirlas nos podrían alertar de la posibilidad de que estemos produciendo un daño al medio natural y no necesariamente a largo plazo.
Mientras en agua dulce la carnada “universal” para los ríos y lagunas cubanas podría creerse que es la lombriz de tierra, resulta que de unos tiempos acá tilapias y solfises 1 han adquirido la tendencia muy gourmet de preferir camarones de los llamados saltarín, saltón, cola e’pato, y para conseguirlos a algunos no nos basta tomar un jibe y sacudir bajo las raíces de la malangueta o jacinto de agua, con lo que se consiguen como premio adicional “grillitos” 2 y hasta algún mamporro, suculento manjar para truchas. En lugar del tamiz que se construye con un marco y un segmento de malla plástica de ventanas, algunos apurados hacen uso de un contaminante líquido.
Para la pesca en el mar se cosechan unos gusanos poliquetos que acá llamamos “Calandraca de piedra”, colectados a maceta y cincel fracturando el arrecife de los fondos para extraer los fragmentos donde se halla las galerías del animal. Tomando en cuenta que esta práctica se ha extendido tanto como la que comentábamos respecto a agua dulce, y que incluso se ha comercializado de manera furtiva, podríamos estar frente a un impacto fuera de control que daña el sustrato coralino y compromete más aun la supervivencia de un ecosistema ya en peligro por el cambio climático.
Hay también cierto consumo de crustáceos para encarnar los anzuelos, de los que forzosamente se ha de dejar aparte el camarón de mar, por razones obvias de escasez y valor gastronómico. El cangrejo de tierra podría no ser el más impactado a estas alturas, pues se le consume mucho más como alimento, además que su uso es algo laborioso para algunos, pues debe capturarse el animal, sacarles las patas y machacar cuidadosamente el segmento más grueso de cada una para obtener una carnada muy delicada, pero demasiado rápidamente consumida. El que más en riesgo se halla de este grupo es el macao, nuestro terrestre ermitaño, pues se dice que los cargan por sacos durante sus arribadas de desove a ciertas costas, para venderlos.
¿Será la solución de estas prácticas la emisión de una resolución administrativa que las prohíba? Algún funcionario afirmaría gozoso con el cuello descoyuntado y la sonrisa plácida de ciertos juguetitos complacientes parecidos a perritos de plástico. Propuesta fallida, aun cuando se cumpla. Ha de reconocerse primero que la carnada es una necesidad ampliamente justificada en la práctica de una actividad legalmente reconocida 3, un interés social, por ende. Junto a la reglamentación, la educación, y asimismo la solución.
¿Estaría mejor producir algunos tipos de carnada, como una forma más de actividad laboral por cuenta propia? Aparte del camarón silvestre, que nuestra avanzada acuicultura seguramente contará con tecnologías para producirlos a pequeña escala y bajo costo, les aseguro que los diversos tipos de lombriz de tierra tendrán demanda, y asimismo la “Calandraca de piedra” y la “Calandraca de tubo” 4, entre otras, mientras es posible que, ya en el tema, la mirada se vuelva al manejo de sardinas, machuelos, lisas, agujones y cuantos otros alegremente son cobrados con la ilusión puesta en los grandes peces que luego sacaremos de lo hondo.

NOTAS.
1- Palabra en uso que cubaniza el nombre común del sunfish (Lepomis macrochirus), introducido de Norteamérica. También le llamamos carpo, carpito, crisol, etc.
2- Así denominamos la ninfa de la libélula, que posee una larga y activa vida acuática.
3- “Pesca Deportivo – recreativa”: Decreto Ley 164, Reglamento de pesca, Capítulo V, Sección 2.
4- La que vive en la arena.

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