15 febrero 2014



Presentación del libro Técnicas y peces del aficionado cubano.

Técnicas y peces del aficionado cubano recibió el honor de una presentación en la XXIII Feria Internacional del Libro de La Habana, en el emblemático recinto ferial de San Carlos de la Cabaña. El sábado 15 de enero a las dos de la tarde nos vimos con los viejos amigos del club de pesca de La Lisa, el municipio de la capital donde residimos, y con varios conocidos más, pescadores la mayoría, que lograron llenar la sala José Antonio Portuondo. En formato 14 por 21 centímetros, con 390 páginas y 60 ilustraciones, el libro alcanza en su primera edición una tirada de 5 000 ejemplares.
La editora María Luisa Acosta hizo las presentaciones, mencionando que esta es la segunda obra del autor, y mismo tema, que ha tenido a su cargo. La especialista del sello editorial Nuevo Milenio, Clara D. Macías, hizo referencia a un tercer libro que estaría en camino, y el profesor José Luis Perello, prologuista y presentador, dio fundamento a la utilidad para la docencia en la Facultad de Turismo que en su criterio posee esta obra. Del público, tomó la palabra el conocido guía de pesca Felipe Rodríguez Alonso, especialista de la compañía Cubanacan en el Parque Nacional Ciénaga de Zapata, para revelar a los asistentes que el autor es uno más entre los aficionados a la pesca en este país, reconocimiento que es un verdadero honor para quien escribe.
Por parte nuestra, dimos lectura al siguiente documento:

                                   A la memoria de José Quintín Cardoso y Miguel Arocha

Desde que la editorial a cargo del libro anunció la posibilidad de presentarlo en medio de este acontecimiento, se hizo evidente la necesidad de hallar una forma de referirnos a la pesca deportiva cubana, sin apelar a corteses lugares comunes. Imagínense que, a nivel de la población actual en nuestro Archipiélago, a cada cubano nos vendría a tocar como promedio algo así como 500 metros de costas, dejando a un lado los numerosos y protegidos cayos. Hay, en resumen, bastante agua por donde cortar.
Arrimando provisoriamente la brasa a mi sartén, debo decir que en exactamente seis décadas los cubanos hemos publicado 8 títulos sobre el deporte de la pesca 1, un entretenimiento del cual ya se obtienen noticias en el siglo XIX, de fuentes tan reconocidas como Tranquilino Sandalio de Noda, Cirilo Villaverde y, no faltaba más, de don Felipe Poey, el sabio autor de la reconocida Ictiología cubana. Es necesario decir que en mucho menos tiempo un escritor español que conozco ha visto impresas 14 obras sobre el tema, viviendo más lejos del mar que cualquiera de nosotros 2.  
Tan imbricados en las aguas como nos hallamos en nuestro medio físico, ¿cómo es que el tema marítimo y fluvial  parece en nuestras letras reducido a tan escuetos y –por cierto- tan relevantes ejemplos? Cualquier lector enterado apelará enseguida a Enrique Serpa y su clásica Contrabando, o los cuentos “La aguja” y “Aletas de tiburón”; recordará esa escalofriante narración que es “La agonía de La Garza”, de Jesús Castellanos; perdonará las fantasías exóticas de Federico de Ibarzábal, tendrá deseos de releer a Lino Novás Calvo en su Cayo Canas,  y sumergirse en otra realidad galopando los fondos de seibadal con el inevitable caballo de coral de Onelio Jorge Cardoso. Mucho es, en su densidad literaria, pero no creo que alcance para llenar de sentido siquiera los casi quinientos metros de costas que parecen tocarnos, sin contar cayos, embalses, lagunas, ríos y cañadas crecidas.
¿Será que escribimos los cubanos como seres urbanos y continentales? Vaya uno a saber. Pongamos por caso los pescadores del Malecón de La Habana. Si se asoman al parapeto meridional de La Cabaña y extienden la mirada hacia el otro lado del canal de la bahía, los verán allí, tan fundidos con el paisaje que a veces se difuminan en la visión de los que pasan 3. Existen, están ahí, en la mayor parte del muro, y posiblemente antes de que la emblemática fachada habanera  fuera edificada, con los cordeles tomados al tacto y las cañas atentas al faje de pescado, envueltos por el trasiego de turistas y paseantes. Pero es como si sus prácticas y representaciones sociales fueran prescindibles en el trazado de la ciudad, en lugar de ser, en área  tan significativa, su carácter humano más relevante. No están dotados de glamour, no brindan argumentos a folclorismo alguno, dudosamente pueda tomárseles como pie a una consigna política, pero les aseguro que son inobjetablemente cubanos. Agradezco al diseñador Dayán Martínez Chorens haber escogido la imagen de portada del libro, que muestra sin margen de duda la identidad que subrayo.
La pesca deportivo recreativa es ciertamente una actividad individual, para nada sus eventos pueden ser fácilmente convertidos en espectáculos. Pero tras esa apariencia de privacidad y la presunción de que aquí todo el que va de pesca lo que busca es pescado, se pierden en la apreciación de la mayoría de nosotros unas cuantas potencialidades. Aparte de un ronco o una tilapia fritos, puede que a la pesca se le reconozcan el ejercicio físico que en mayor o menor medida siempre provee y cierto paliativo del socorrido estrés. Pero hasta ahí.
Tal vez en tan interesado recuento de los presuntos valores de la pesca deportiva nacional se nos esté escapando el hecho de que este entretenimiento posee unos cuantos valores adicionales, uno de los cuales, y de no poca importancia, es el modo en que las pesquerías fomentan relaciones humanas en los más diversos niveles de socialización. En un contexto en que lo económico tiene por necesidad que considerarse, la pesca por afición es el elemento motivador de un turismo consistente en que el país ha tenido mejores momentos, mientras en su operación es tiempo ya para el protagonismo de expertos propios del país. En lo nacional, la pesca es una modalidad turística que espera definiciones.
La pesca recreativa aporta contacto con la vida silvestre incluso en el más urbano litoral, brindando una valiosa lección de aprendizaje de la naturaleza y una percepción del paisaje que contribuyen a facilitar la educación ambiental, a reforzar el sentido de pertenencia y a dar significado de vivencia a lo que el libro de texto, el discurso de poder y la letanía de los medios intentarán fijar como valores de patriotismo y responsabilidad en la protección del patrimonio natural del país.
Quienes gustan de la vida al aire libre y confrontan sus vivencias con revistas de viajes, emisiones audiovisuales y páginas de internet, estarían en condiciones de comprender que el atractivo mensaje de esos recursos mediáticos representa otro factor de dominio nada sutil en el contexto globalizador, que pretende mostrar la superioridad de una cultura incluso a aquellos que no se dejan seducir por el mercado masivo de modas cambiantes, celulares, automóviles, yates, residencias, vacaciones en (nuestro) Caribe, etc. Intercalo la anécdota de que en una de esas páginas web nos enteramos un día de  la fabulosa pesca del macabí que comercializa un turoperador foráneo en un sitio llamado Jardines de la Reina, al que nunca, nunca, nunca, en un cuarto de siglo de periodismo dedicado al tema, tres libros y un blog vigente, hemos podido acceder.
Ernest Hemingway escribió en 1933 acerca de la pesca de agujas a la vista del vecino Morro, y dos años después incluyó en el libro American big game fishing 4, considerado desde entonces un clásico de la literatura en esta materia, el capítulo “Marlin off Cuba”, el más completo y sistematizado estudio acerca de la pesca deportiva marítima en esta gran isla antillana. Caramba, Hemingway era maravilloso.
Ahora preguntémonos por qué no es igual de reconocido por nosotros Federico Gómez de la Maza, que cuatro años antes, a finales de 1929, en la Revista de Agricultura, Comercio y Trabajo, escribió el artículo escuetamente titulado “La pesca de agujas”, difundido semanas después por la revista Habana Yacht Club 5, donde se halla, en un completo y sistematizado análisis, toda la pesca de agujas según el método de los pescadores artesanales de la costa noroccidental cubana, ya mencionados por Felipe Poey en el siglo XIX, que es lo que al cabo describe literariamente Hemingway en 1950, dos décadas más tarde, en su laureada El Viejo y el Mar.
Las estadísticas registran que en Cuba se hallaban activos en 1985 un total de 161 688 pescadores aficionados 6. Como sabemos, en los dos o tres lustros posteriores a aquella fecha, durante el tenso final cubano del pasado siglo, bastantes ciudadanos tuvimos que apelar a los recursos de la naturaleza, incluidos los negocios de la pesca, para librar una obstinada subsistencia; probablemente hoy no llegaría a contarse con la tercera parte de aquella cifra de aficionados. Tales procesos, además de reducir la afición en número, difuminó en la mentalidad social el criterio de deportividad y aún más su propósito: la pesca fue sobre todo fuente de alimento e ingresos monetarios.
Tal situación desquició todo ordenamiento previo en la materia, mientras, en la legislación que previsoramente se promulgó en aquella misma etapa, era consagrada la comercialización del producto de la pesca recreativa 7. Encima, las cuotas de captura deportiva se establecieron en base al peso 8  y no en número de ejemplares, como si fuera el mismo impacto ambiental capturar una trucha de 15 libras o capturar treinta truchas de media libra, que solía ser lo más frecuente.
La asociación que agrupa a los aficionados a la pesca en el país fue concebida en tiempos en que una estructura vertical, con ramificaciones en los correspondientes niveles territoriales, satisfacían lo mismo a una organización de masas que a una entidad administrativa, sin que se razonen las particularidades de esta afición y lo que su autonomía puede aportar a la sociedad, una vez reconocidos los valores de la actividad que promueve. El proceso de contratación de los propietarios de embarcaciones deportivas para el aporte comercial de pescado, iniciado en 2007 con un desafortunado intento de disolución de la asociación de pesca, demostró la debilidad de esta última como espacio social.
La terminación de un libro llega como una suerte de apatía, cuando el autor se siente confiado de decir: “Bien, ahora es asunto tuyo”, y pasar a otra cosa. Técnicas y peces del aficionado cubano, que ahora presentamos, libra a su autor de sucesivos ansiedades y desapegos, porque en los ocho capítulos que contiene se junta lo que fueron proyectos de algunos otros libros sobre la pesca deportiva cubana, cuya materialización tal vez nos habría tomado una década o más, al paso actual de los procesos editoriales.
Ya habrá autores con mayor paciencia o tiempo a su favor que escriban alegremente acerca de la pesca a spinning, de la pesca de la afamada trucha cubana, de la pesca a mosca que hace pocos años tuvo un feliz y transitorio estreno en el Parque Nacional Ciénaga de Zapata, o que indaguen con mayor énfasis en las especies de peces que caracterizan la afición en nuestras aguas, o estudien sitios de pesca a los cuales promuevan con letras llenas de entusiasmo, para que los turistas que con suerte sigan escogiendo este divino archipiélago, capten la diferencia entre venir a pescar en Cuba y venir a pescar con los cubanos. Sin dudas llegará el tiempo para ello.
Quiero dedicar estas palabras de presentación a la memoria de José Quintín Cardoso y Miguel Arocha, dedicados organizadores de la pesca recreativa cubana, el primero como directivo de la federación de pesca recreativa en Villa Clara 9; el segundo, todavía  casi anónimo organizador del Torneo Hemingway en 1978, de quien una publicación norteamericana expresó en su momento: “Hemingway habría estado orgulloso” 10. Doy gracias a mi familia, por el amor con que me impulsan; a los amigos que me quedan, por su fidelidad, y a mi editora María Luisa Acosta por creer en el tema que le he presentado ya en dos ocasiones. Espero lectores críticos, porque de ellos se nutre y avanza la cultura.
Muchas gracias. (Ismael León Almeida).

NOTAS
(1) No hay dificultad en reseñar la lista al completo: 1- Guía del Pescador 1954, editada por el periodista Ernesto Aguilera; 2- La guía de la caza y la pesca en Cuba, que el guía Antonio González Solar hizo imprimir en 1958; 3- La pesca deportiva en Cuba ( u “Origen y desarrollo de la pesca deportiva”), de Osvaldo Lazo González, en los años ‘80; 4- Lo que Ud. debe saber de pesca, que Gonzalo León Lanier  publica en 1989 (Editorial Oriente, Santiago de Cuba); 5- La pesca deportiva de la trucha, de Emilio de la Osa (Editorial Científico-Técnica, La Habana, 1992); 6- Pesca deportiva cubana. Historia y tradición, Ismael León Almeida (Editorial Científico-Técnica, La Habana, 2010); 7- El torneo cubano de Ernest Hemingway, Ismael León Almeida (eBook en el sitio Amazon, 2012), y 8- Técnicas y peces del aficionado cubano, Ismael León Almeida (Editorial Científico-Técnica, La Habana, 2014).
(2) Emilio Fernández Román, del catálogo de la editorial Tutor, de Madrid, con precios entre 6.50 y 26 euros (http://www.agapea.com, revisado el 13 de junio de 2012).
(3) Puede tomarse de ejemplo un despacho de prensa de la agencia española EFE, del 12 de mayo de 2012, dedicado a una competencia de pesca en el Malecón con la asistencia de 200 pescadores, la que supuestamente se había convocado «en homenaje a las personas que cada día lanzan allí sus cañas al mar, como deporte o "terapia" para sus problemas». La realidad es que, seiscientas palabras más adelante, ninguna otra cosa se había dicho de los supuestos protagonistas, ni siquiera quienes ganaron el referido certamen.
(4) Ed. Oliver Grinnell, The Derrydale Press, Nueva York, 1935.
(5) Vol. X, No. 56, febrero 1930, página 46.
(6) Nuevo Atlas Nacional de Cuba (1989), mapa no. 42, y en el interesante folleto Algunos aspectos de la historicidad de la recreación en Cuba, de Santos Guerrero Gutiérrez.
(7) Decreto Ley 164, Reglamento de Pesca (1996), artículo 40.
(8) Resoluciones 519 y 521, emitidas en 1996 por el extinto Ministerio de la Industria Pesquera, y la 108 de 1997.
(9) Alejandro Dacosta y Rivers (seudónimo de Ismael León Almeida): “Pescar en el mismo centro”. Bitácora, La Habana, No. 6, Primavera 2001, página 50.
(10) Dade W. Thornton: “The Tournament Trail”. Southern Boating (Florida, USA), Vol. VII, Nr. XII, August 1979, página 28.

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